Lo conocí cerca de un panteón. Él cruzaba la calle con las manos en los bolsillos, mirando el vaho que salía de su boca agrietada. Y algo llamó mi atención en su cara: un chispazo de luz que jugó un instante en sus mejillas y luego se extinguió. Algo que me dijo que tal vez era mi hermano perdido, al que había estado buscando con tanto ahínco. Y quise hablar con él, tocar esas manos que seguro también estaban enfundadas en guantes, abrazarlo para que entráramos los dos en calor. Así que lo seguí por varias cuadras.

Un viento glacial nos cortaba la cara. Él entró a una tienda y pidió una botella de whisky. Sobre las calles parecía caer una maldición. No podía encontrar el momento de hablarle, ni sabía qué frases tendría que mascullar mi boca.

Esperé a que saliera y pasara a mi lado. De imprevisto lo besé en la boca. Sólo así podía en verdad hablarle con el alma y decir lo que debía: que lo necesitaba sin siquiera conocerlo, como necesita un parásito un cuerpo ajeno al cual asirse. 

Entonces él me aventó sobre la escarcha y me otorgó fuertes puñetazos en la cara, haciendo que mi nariz sangrara. Y me escupió, encarándome con las ofensas más violentas. Y mientras se alejaba de mí, supe que yo hubiera hecho lo mismo.

Y me sentí satisfecho por ello, de haberlo conocido. Porque tal vez era de verdad mi hermano.

Entonces lo necesité aún más.

Y volví a seguirlo.

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