Ya no sé ni qué decir, con qué nuevas palabras expresar mi pena. No sé si realmente quiero seguir viviendo, porque en este mundo lo único que podemos hacer bien es soñar, dormir a medias. Porque la infancia no es sino un muñeco que se nos quiebra entre las manos. Luego un recuerdo más grave que un crucifijo.

No es la poesía remedio para el dolor; la poesía aumenta el desorden de los sentidos, nos conduce a laberintos de confusión donde podemos escondernos y correr. Pero de donde no podemos escapar.

¡Que venga un meteoro a destruir el planeta! ¡Que cese el universo de existir! ¡Que todo se vuelva un blanco sin límites, donde el silencio y la quietud establezcan un nuevo orden!

A veces queremos suicidarnos; pero la cobardía pone freno a nuestros pasos rumbo al vacío. Ay mis ojos fijos en el horror, mi boca acostumbrada a eructar desesperación. En este jardín salvaje, mi especie está condenada a la a la vejación, a la parálisis.

Ahora mismo, siento como si gritara en la cara de Dios lo absurdo de su creación. Pero es necesario, alguna vez, darles voz a los demonios de la conciencia que sacuden nuestros cuerpos en fiebre.

Que los hombres me perdonen; o que me lapiden, si he violentado su pequeña estabilidad. Yo lo hice todo por confiar.

Pero la confianza está muerta en mí.

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