Publicamos de manera póstuma e in memoriam este relato del amigo Nicolás López Cruz, (Matehuala, 1977-2021), fallecido recientemente a la edad de 44 años. Él fue autor de los libros: Canciones tontas (2003), Cuentos de horror en la historia (2012). Historieta: Vida de la Santa Muerte (2007). Ha realizado cortometrajes y documentales y escrito dos novelas aún no publicadas. Dirigió el canal de Youtube Videos del inframundo y las páginas web Guía de horror y CF y El blog de la Muerte. Además de escritor y videoasta fue editor independiente, fue integrante del Frente Zapatista de Liberación Nacional y de la Otra Campaña en Puebla como militante activo del histórico colectivo “Espiral 7”. Fue además colaborador de La Otra Chilanga, hoy Gener@cción Z. Descanse en paz nuestro entrañable amigo.

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En las pláticas de cantina, en los after, en los cócteles de las inauguraciones de exposiciones, a las que asistía religiosamente los fines de semana, el secretario Pedro Brito se presentaba autoproclamándose un profesional del escaqueo, la indolencia y la pereza.

Desde sus años de estudiante era experto en irse de pinta, echar la vaca o hacer novillos; es decir, en saltarse las clases para pasearse en el lecho del río desecado por la presa aledaña a su pueblo o contemplar las vidrieras de los negocios del centro comercial.

Durante esos escapes del colegio, los escuincles compinches de sus francachelas iban a pescar charales al “Sifón”, un ojo de agua sobreviviente en el cauce seco del río. A él le daba flojera, los observaba de lejos, sentado a la sombrita de la entrada de una miscelánea, tomando una soda o un raspado de hielo, y sólo se unía al grupo a la hora de comer los pescaditos plateados que los otros asaban en fogatas.

Cuando la presa se desbordó y sus amigos aprovecharon y corrieron a nadar al “Sifón”, él prefirió no acompañarlos; por eso fue el único de la pandilla que no murió ahogado. Casualmente, ese día trágico aceptaron ir al “Sifón” los dos mejores estudiantes de su salón; su muerte prematura ocasionó que Pedro Brito entrará de panzazo en el cuadro de honor escolar y luego le ofrecieran un empleo aceptable al recibirse.

En la empresa continuó afinando el gurrumino. Pasaba el mayor tiempo posible encerrado en los baños, chismorreando en los corredores o en las fotocopias, haciéndole la barba al jefe. Se apuntaba para preparar cafés e ir por mandados en los que se demoraba sentándose en los bancos de las plazas y ahuyentando palomas.

Se fingió hipocondríaco y aumentó la lista de parientes imaginarios fallecidos para pretextar las ocasiones en que optaba por no asistir al trabajo, por quedarse en casa encamado y envuelto en sábanas.

En el escamoteo continuo invertía el triple de esfuerzo y astucia de lo que costaría cumplir sus compromisos. Son las leyes de la vida. Como bien saben los samuráis, los deportistas y los músicos de jazz, el dominio de una disciplina requiere de sacrificios. Lo mismo sucede con el arte de la haraganería.

De lo difusa que resultaba su persona, se ganó la simpatía y la amistad de sus compañeros, uno de los cuales obtuvo un puesto administrativo en oficinas de gobierno e invitó a Pedro Brito a laborar con él, introduciéndolo en el mundo de la burocracia.

Fue ahí donde conoció a los “aviadores” (empleados que se aparecen en los lugares de trabajo únicamente los días de cobro, que suelen ser recomendados, familiares, queridas, queridos o grilleros del patrón o del político mandamás en turno) y de inmediato ansió volverse uno de ellos, alcanzar la cumbre de la laxitud moral y física. El destino le deparó otros senderos. Eran años de efervescencia política, de movilización sindical. A Pedro le daba fiaca contradecir a sus compañeros o a sus jefes, a todos les otorgaba razón y les seguía la corriente; de ese modo, las tres o cuatro facciones en disputa lo consideraban su aliado.

Una tarde lo llevaron a una marcha-mitin para exigir mejora salarial. Se escapó a hurtadillas; no entendía para qué caminar tanto. Esa vez hubo un enfrentamiento entre fuerzas del orden y manifestantes, que derivó en masacre. Como no lo encontraron vivo ni muerto, lo dieron por desaparecido. Al llegar al trabajo a la mañana siguiente, lo recibieron cual héroe nacional. La situación social del país se polarizó, la cúpula en el poder se reunió para negociar una transición que simulara ser democrática. Buscaron a un tipo manipulable, mediocre pero sin enemigos, y fue así como Pedro Brito se volvió alcalde y después candidato a la presidencia. La noche del debate televisivo entre contendientes para la jefatura del Poder Ejecutivo, le dio hueva asistir y se quedó en cama, viendo TV. Los electores consideraron su ausencia como una bofetada al sistema hipócrita imperante, donde los medios de comunicación mandaban. En campaña, se le alabó por huir de discursos y conferencias de prensa. Los periodistas le apodaron el “antidemagogo”. Mientras, él se desvelaba con los maratones de series en Netflix y dormía durante las horas de sol.

Llegó el día de las elecciones y arrasó en las urnas.

Desde entonces, aconsejado por asesores de imagen, el Presidente Pedro Brito se abstuvo de exhibir sus patanerías y su filosofía epicúrea y dionisíaca en los convites sociales, que ahora eran con embajadores y ministros de reinos extranjeros.

En una entrevista que no duró más de cinco minutos, realizada un sábado en la sala de la casa presidencial, cuando preguntaron al nuevo mandatario cuál era el secreto de su éxito, este sonrió y contestó, decidido:

—No hay secreto. Todo se lo debo al trabajo y al esfuerzo.

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