Una vida fue tomada a mitad de un grito
durante la velada de los espectros;
y manchas negras comieron de él
e hicieron rondas y vuelos.
Fue la vida del niño santo,
el que tocaba las campanas, el casto,
el niño de los rosarios y las plegarias.
Sin prisa las manchas bebieron sus jugos
y pelearon entre sí por el trozo más grande,
sin sentir el mínimo temor por los altares
y la cruz que pendía en su cuello.
Cantado una vez el tétrico himno,
volvieron a morar bajo su cama, donde él juraba…
¡que no había nada!











