Eres el mensajero del hondo cielo
que vino a corregir mis días de acuerdo al sol,
agua
que llenando el cántaro
lo hace reír.
Jarabe
o sinfonía de azúcar.

Magia sonriente,
la fe recuperada
ha descendido, absoluta y triunfal,
sobre mi pecho
a desalojar tinieblas y temores.
Pira de purificación,
la orgullosa cifra de nuestra alianza
se levanta una vez más
y resplandece.

Eres lo que dice el viento del verano al mediodía,
una nota pletórica de vapores exaltados
y fragancias que sentencian:
“Soy feliz porque vivo.”

Bajo los arcos de la tarde,
das de comer a mis palomas
tu pecho desgranado,
que, inocentes y agradecidas,
llevan por los aires la noticia de tu abundancia.

Pero, sobre todo
–júbilo mío–,
eres la noche mullida del amante,
donde se ejercitan los cuerpos
en el sexo acrobático:
movimiento cadencioso por el que perdoné todo ayer
y hoy me reconozco,
más que enérgico,
viril,
deleitoso
y colmado.

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