No era lo mismo.
Nos develábamos juntos
recordando viejos chismes. Avivando
el fuego de nuestras entrañas con besos.

Podíamos llamarnos con un silencio,
caminábamos juntos hacia ningún lado
y siempre llegábamos a un hermoso lugar
que decorábamos más con las flores de nuestro abrazo.

Era diferente.
Éramos una sola masa.
Nos fundíamos como dos buenos metales en un crisol.

No andábamos como témpanos a la deriva
esperando alguna vez chocar uno con otro.

Ahora estamos inequívocamente separados
como dos montañas a las que se les ha agotado el oro.
Somos el terraplén erosionado.

Las viejas escaleras que corren juntas
pero ya para siempre inútiles.