Por América Dinahazar García Vélez  

Cuento ganador del primer lugar

Apenas puedo recordarlo, tenía la inocente edad de aquellos que más que disfrutar de la visión del océano al atardecer, se divierten saltando en las orillas del mar, gritando con locura cuando sus pies son mojados y sus dedos enterrados en la arena con el constante vaivén de la salina marea. Cuando te tomas de las cuerdas intentando llegar hasta una boya, y ya no eres más aquella pequeña pasando sus vacaciones en la playa, sino la protagonista de alguna película de Indiana Jones y luchas por tu vida contra el ir y venir de la corriente, acción que por supuesto, termina dejando marcas ante la furia del Kraken.

Mi amada madre, con el esfuerzo de cuidar a cuatro niños pequeños, pocas veces se detenía a observar el mundo, ni qué hablar de lo que compraba. “Salvavidas, $50, Bloqueador, $40, sandalias $20, Traje de baño $100, Champú, 30…” si era barato, había encontrado lo que buscaba. Un viaje a Nayarit a un buen precio tampoco sería desperdiciado, así el viaje representara los hoteles más económicos y un transporte ruidoso.

Desde las nueve del día ya me encontraba, junto con mis hermanos de la pequeña alberca que se encontraba dentro del hotel, para al rededor del medio día, subir al camión y dirigirnos a una de las playas en las que apenas llegar queríamos salir disparados hacia el mar “¡¿A dónde?, ven acá!” decía mi mamá haciéndome parar en seco sobre aquella suave pero dolorosa arena caliente. Volví saltando hacia ella para recibirme con una crema oscura que venía en un tubo, ella aseguraba que era para protegerme del sol. Apenas terminó con cada uno, salimos de la seguridad de la sombra dando brinquitos hasta llegar al mar, tan frío que cada milímetro del cuerpo terminó sintiéndolo.

Al cabo de unos minutos nuestra aventura nos llevó a “mares profundos” que nos brindaban poderes divinos y cuyos enemigos a derrotar eran las temibles y bestialmente espumosas olas. No pasaron más de un día para que su amo, el todopoderoso rey sol lanzara toda su ira contra nosotros, y nuestra piel naranja, reflejo de su poderoso ataque, terminara chamuscada. Habíamos perdido la batalla, pero no la guerra, aun así, llorar cada vez que alguien nos tocara no nos quitaba lo valientes.

Fue hasta que mi mamá se interesó en poner atención en los productos, que pudo concluir que aquello que nos untaba cada día para enfrentarnos al rey, no era otra cosa que bronceador de zanahoria.