Lo grotesco, categoría estética emparentada con lo siniestro como hemos visto, es otra de las nociones importantes al estudiar lo gótico: lo repulsivo, lo desordenado y deforme que tienen un dejo de humor oscuro y perverso son intereses también de lo gótico. Las narraciones góticas de vampiros en el México reciente no han dejado de acercarse a este ámbito inquietante donde los reinos se mezclan y el absurdo cósmico muestra su mueca grosera sobre la inteligencia humana produciendo la inquietud del terror y la nausea, lo vomitivo. No sólo la literatura que lo reproduce, sino también el vampiro mismo como monstruo de la imaginación tiene mucho de grotesco, por la repelente idea de que es un muerto que imita desatentamente la vida, y que, en esa imitación, la rebasa en dotes y la somete a su ansiedad de destrucción.

El personaje del vampiro es, como ya bien hemos visto, cautivador por la trasgresora intrínseca de significar una amplitud conceptual y tener así un poder cognoscitivo. Definidos por su ambigüedad categorial y su movilidad preocupante, los vampiros no encajan fácilmente en las categorías, muy importantes para la situación de lo humano en el mundo, de lo bueno y lo malo; es así catalizador de una crisis de sentido que opone resistencia a entrar fácilmente en un orden de las cosas, rompiendo las reglas habituales de interacción y ocupando un lugar esencialmente fluido. Por ello, representa la libertad más pura y sin límites que muchos hombres desean, el deseo no reprimido y aquello que invade y anega nuestros sueños más oscuros, pero que nunca podremos llegar a ser. Adentro de la imaginación, el lector se proyecta y se identifica en él en una especie de válvula de escape de una realidad que puede ser sentida como opresiva y enajenante. Por ello, el vampiro, como los monstruos en general, no son sólo criaturas de la imaginación, sino, acaso, suertes ambivalentes de categorías culturales de la alteridad.

La alteridad constituye una importante y compleja noción en relación con la monstruosidad y la transgresión. El transgresor va más allá de las normas y las reglas, con lo que desafía el valor de su autoridad y su permanencia. Los monstruos combinan características negativas que se oponen (y definen) normas, convenciones y valores; sugieren un exceso o ausencia más allá de esas estructuras y llevan el peso de las proyecciones y las emociones (repulsión, horror, asco) que resultan. Monstruos como vampiros, cuerpos que hablan, o fantasmas son construcciones que indican cómo las culturas necesitan inventar o imaginar a los otros con el fin de mantener los límites.[1]

El vampiro literario cuestiona la estructura profunda de la sociedad, y, me atrevo a decir, intenta trasformar ese sistema como creador de lenguaje y formas, como forjador de subjetividad. En esto, la sensibilidad letrada romántica tuvo a bien rescatar al mito de la cultura vulgar para convertirlo en un estandarte que lee a la sociedad para criticarla de una manera culta y refinada. En este sentido, como opinan Arianna Conti y Franco Pezzini, los vampiros son siempre síntoma de una rebelión contra el conformismo ideológico,[2] tesis que suscribo completamente.


[1] Botting, Fred (2014): Op. cit., p. 10

[2] Bevilacqua, Mara (2009): Op. cit., p. 19

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