El que ama las sombras
gusta todo el catálogo de fallecimientos.
Pero más adora
su sensación de ahorcamiento cercana,
presentida.
Estudia la oscuridad;
sabe su peso exacto:
cierto aflojamiento del cuerpo
que daría pereza a desentendidos.

Tiene por corazón un murciélago
ávido de todas las lascivias
mientras conduzcan al horror.
Su quehacer es ceniza:
acaso sueña, acaso escribe.
Y va por cementerios cantando fugas;
y en cada tumba
encuentra una casa.

Ciñe una cinta a su corazón
para regalarlo a la nada;
o le clava un puñal
sólo por decorarlo.

Pero nada tiene,
nada puede tener.
Sino el torrente de lágrimas
que lo lleva a la deriva por los hielos de su alma,
en que sumerge el dios que quisiera ampararlo.

En que se ahoga su amor,
imposible como él.