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Los pezones de mi primo se me revelan, de pronto, con la ligera brisa de la tarde, bajo su camisa blanca olorosa a trabajo, cultivos generosos y pan. Son dos montecillos color del tabaco aromático que se queman en las hogueras de mi mente; dos montecillos donde pasta y lame su sal el ganado descarriado de mis deseos. Como una bestia mansa y sumisa soy en la cercanía de su pecho fuerte, que late la música de nuestra unión, en la que ambos ponemos partes iguales de cariño y vendimias en la mesa. Una bestia que retoza en su regazo y ronronea en los juegos fraternales en los que me carga y se tira sobre mí, con la sana armonía de dos chicos que se entretienen midiendo sus fuerzas: una bestia tan fácil de domar.

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