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Sentado en la pelvis de mi primo cabalgaría la noche entera, como sobre un potro desbocado y recio, penetrándome de su virilidad. ¡Que la deliciosa marea del orgasmo nos sorprenda al mismo tiempo, mirándonos a los ojos, aullando de desenfreno! ¡Que las criaturas del bosque entero festejen con tremenda algarabía un amor completado así, glorioso como una alborada con dos soles! ¡Que la tierra tiemble desde el fondo y rayos rasguen la cercanía! ¡Que el río se vuelva vino y suenen trompetas anunciando nuestro juicio: habremos obrado bien, tan bien! El principio y el fin del mundo lo encuentro en él, siempre en él. A veces con una agitación festiva. Otras con la sentimental discreción de los besos robados calladamente a sus labios en la mitad de la noche cómplice. La noche alcahueta, nuestra nodriza.

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