Luis Cencillo, filósofo católico, se sorprendió también de la uniformidad de la variedad en las unidades míticas de significado, a la que consideró monótona, aunque mucho menos que las posibilidades combinatorias de su gramática natural. Y esto es porque el ser humano contaría con una capacidad mitopoiética que maneja imágenes y estructuras análogas, la cuales se han ido repitiendo con ligeras variantes de un continente a otro y de un milenio a otro.[1] Define a los mitos como formaciones cognitivo-expresivas con las que un grupo humano o la especie entera vehiculan paradigmas de su entorno natural o social y canalizan vivencias privilegiadas, en calidad de causas, condiciones o determinantes, así como poderes metahumanos de naturaleza psíquica.[2] Gracias a la colectivización inconsciente del mito es que se logra una vía de conocimiento genuina y tal vez privilegiada para realidades o relaciones que no son asequibles a la conciencia o a la reflexión abstracta. El mito es tradicional y heredado de una cultura a otra;[3] y supone la estructuración sistemática de las intuiciones acerca de preocupaciones básicas humanas.[4] Como formación expresiva-comprensiva es necesaria a la vida psíquica de la especie humana, aunque el autor acota que fue útil cuando ésta no disponía de la reflexión filosófica formal ni de las modelizaciones científicas.[5] Pero que su aparición se debió a una necesidad es evidente considerando su universalidad aun en la época actual, en la que sigue existiendo la necesidad de mitificar ciertos acontecimientos o personas y subsiste la necesidad de crear mitos. Y esta necesidad es la de la autocomprensión, la tendencia a abarcar mentalmente el mayor número de relaciones de cada situación, empezando por la propia naturaleza, el cuerpo, la psicología, la historia, el estar-en-realidad y, por supuesto, el mundo en que todo esto acontece.[6] No se trata de entender los mitos como el reflejo de unas ‘historias’ reales que hayan ocurrido puntualmente, sino siempre como arquetipos, modelos o categorías que concretan un sistema de referentes últimos.[7]

            La peculiaridad del mito es, por supuesto, exclusiva de la especie humana, creada por la urgente necesidad (debido a una especie de inacabamiento mental[8]) de poseer claves de acción en cuanto a lo conveniente o inconveniente; y como estas claves no han sido dadas instintivamente por la naturaleza, ha sido necesario crearlas por la cultura.[9] Constituyen así uno de los sistemas categoriales que pueden configurar y trasmitir conocimientos (en una imagen total y abarcadora del mundo) válidos y más profundos o incluso más universales que los que son dados por la percepción sensible o la razón abstracta. Sólo que han de ser decodificados de su configuración alegórica o metafórica: es aquí donde adquiere importancia el método hermenéutico para no tergiversar sus contenidos.[10] Los mitos no se diferencian de la filosofía por la calidad de ficción de unos y la de verdad de la otra, sino por la calidad de los elementos formalizadores y expresivos que emplean: icónicos y concretos en los mitos, abstractos y generalizadores en la filosofía y las ciencias.[11] No han de engañarnos las formas: mediante unos montajes sémicos rudimentarios el hombre del Paleolítico ya ejercitaba una racionalidad poderosa indispensable para orientarse en su existir, casi con la misma amplitud y hondura con que lo haría milenios después.[12] El absurdo de la epistemología actual es no admitir más conocimiento científicamente valido que la medición de lo particular y relegar a todo lo que rebasa este nivel, como el mito, a la “fantasía”; el autor piensa que “la teoría del conocimiento occidental, que durante toda la historia ha aventajado a otras culturas en su amplitud, su precisión y su riqueza, ha acabado degenerando en una concepción simplista de lo real y de lo mental, y de los factores que interpelan al ser humano y condicionan (de un modo y otro) su estar en el mundo.”[13]

La verdad cierta del mensaje profundo de los mitos se fundamenta en las relaciones casi universales que descubren, los focos de valor que intuyen y la interdependencia que establecen entre los diferentes posicionamientos semánticos dentro del universo del lenguaje (mítico). La verdad de los mitos reside en la validez de los paradigmas que ofrecen de trayectoria existencial, en la tipificación de situaciones de opción o de conflicto y en la articulación del horizonte humano con referentes fundamentales y primarios, sean cuales sean las metáforas y alegorías que para ello entren en juego. No se pretende que esas alegorías hayan sido ‘historia’, hayan sucedido realmente, así como se cuentan, sino que su significado es ‘lo que pasa’ y continuamente está pasando. Se trata de relaciones y de ‘verdades’ intemporales.[14] 

El autor advierte que en los mitos de toda la tierra destaca una visión pesimista de la condición humana;[15] y tienen como verdad no la naturaleza real de las cosas sino las paradojas del existir humano,[16] decantadas durante milenios de las experiencias o las intuiciones colectivas, o captadas inconscientemente e imaginativamente concretadas;[17] información que se va relaborando y refundiendo a lo largo de la historia de la especie.[18]

            El autor concluye que no es posible descalificar las concepciones míticas como carentes de verdad sólo por su lenguaje metafórico, pues recuerda que el leguaje poético es mucho más certero que las abstracciones filosóficas para dar cuenta de algunos tipos de experiencia. Y afirma que los conjuntos de mitos permiten una reflexión filosófica válida, siendo en sí mismo ya una reflexión filosófica expresada en un lenguaje particular.[19] La sorprendente universalidad y constancia de los mitos sugeriría que el hombre ha tenido una comprensión bastante homogénea de sí mismo, de su acontecer existencial, de su condición y su estar en el mundo.[20]


[1] Cencillo, Luis (1998): Los mitos. Sus mundos y su verdad. B.A.C: Madrid, p. 13

[2] Ibídem, p. 11

[3] Ibídem, p. 18

[4] Ibídem, p. 14

[5] Ibídem, p. 16

[6] Ibídem, p. 23   

[7] Ibídem, p. 554

[8] Ibídem, p. 88

[9] Ibídem, p. 24

[10] Ibídem, p. 28-29

[11] Ibídem, p. 83

[12] Ibídem, p. 88

[13] Ibídem, p. 88 y 89

[14] Ibídem, p. 557

[15] Ibídem, p. 530

[16] Ibídem, p. 555

[17] Ibídem, p. 557

[18] Ibídem, p. 559

[19] Ibídem, p. 561

[20] Ibídem, p. 562

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