Un muchacho mueve mis vibraciones internas
como la mano de un fascinador los hilos de la sorpresa.
Su boca es una cárdena fruta esperando ser mordida.
Camina como queriendo tumbar a los otros chicos,
que pasan junto a él lamiéndose los labios.

Su hablar es de los hampones:
frases cortas, cargadas de significación, de autoridad.

Si le veo venir no sé lo qué hacer:
alargar mi mano y que duerma reposada en su entrepierna,
o huir a donde nadie sepa su apellido,
el persistente estribillo de sus canciones
que repite al oído un coro de ángeles desnudos.

Arrancar mi camisa y untarme brillantina para andarle cerca,
como se anda, enamorado,
o tenderle pleito en una emboscada de esquina.

Su ombligo es el nudo de un regalo que quisiera mío.

Cuando choca su imagen con la mía
lo doy todo sin dar acaso nada.

¿Qué más da? ¡Si el me da todo sin siquiera mirarme!