El amor es un viento que te quiebra
como un golpe violento a un delgado cristal
o una estalactita que se va clavando en tu pecho
segundo a segundo a segundo a segundo.
Es, también, un ronco metal que te aplasta
o las vías de un tren que no conducen a ningún lado.

Hay veces que buscas tu pulso
y preguntas: “¿estoy vivo?”,
porque el chasquido de los pasos más tibios
va cruzando la distancia, tan lejos, tan lejos,
donde el horizonte se vuelve un filo inapelable.

Hay veces que, plegado en ti mismo
como una flor asustada,
piensas en una ternura inadmisible, en un beso
o en un adiós que el ojo no lloró;
y las ventanas se van tapiando de escarcha
y la cama se erige en témpano de hielo humeante
y la alcoba se torna en congelador de carniceros.
Pero afuera se siguen abriendo las flores de primavera
y los días trascurren para otros benignos, cálidos, aromados.

Hay veces, muchas veces, suficientes veces.

Y el corazón late ya a penas, endureciéndose o derritiéndose,
lo mismo que un puñado de granizo.

Frías son las incesantes búsquedas del ahínco
y de la incertidumbre los laberintos abstrusos.

Y es más frío aún el amor
que la muerte.