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El adolescente lascivo

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A Arthur Rimbaud

No finjas más, hierro sudado
en apóstata bravura: tu pudor es inútil.
Quisiste desmayarte, abandonado al vaivén
de la inseguridad del acto. Pero tu carne latía
aferrada a amadas voluntades,
al deslumbramiento del caldero de la palabra bárbara;
y así enfrentaste el abuso de la historia más gastada.
No te entiendo. En el ruido de las ciudades
tu clamor y el mío no se encontraron.

No eres como yo. Eres bravío como sol condenado.
Miraste los poblados con frente opuesta
y huiste de ellos en rebeldía incandescente.
Yo aún me derrumbo en las alfombras
a la hora de las visitas, para ser mirado.
Viajaste buscando el sabotaje de licores metálicos:
yo me pudro en la misma habitación,
con ilusoria soga al cuello.
Pero, lumbre de las vagancias,
mitad demonio y ángel sin culpa,
besaría tu pie desnudo (y el trigo de tu mano)
ante ciclos sin sentido, sin dudarlo
mientras tu semen se expulsa libremente sobre los días.
Algo como la indigestión se mueve aquí
cuando repaso las letras que fueron mi leche;
y quizá sólo amé tu mito mejor que las verdades,
llamándome a no claudicar: eso como un potro
idolatrando al ocio, ese chulo fornicador,
eco de gloriosos paganismos.

Y vuelvo a tu relámpago para entender la clave,
sin hallar oscuridad de tierra dónde empezar.
Refrena pues, tus carruajes y voltea.
No vayas por otros mundos repartiendo devociones.
Permíteme tu vino arrobado
y enredar mi serpiente de escándalo a tu oído,
para sentarme en un tu pecho sobre la arena
y que juegues a abofetearme: nostalgia, sí,
de tus flatulencias inocentes,
esa moneda en saco ajeno que conservaste.
Mi lenguaje se adelgaza para hablarte.
Metería mi lengua a tu boca
por mondar las sobras del almuerzo en tus dientes.

No te leo bien. Tu fuerza eléctrica es tan vital,
que tengo miedo de tenerla.
Mas eres el muchacho que amaría en desparpajo
si pudiera amar sinceramente algo.

¿Qué más puedo decir, sin paramnesia,
sin la necesidad de alabar todo infierno
con estos pelos tan disímiles de los tuyos?

Quizá sólo me he dejado impresionar otra vez
por el encanto de los niños: los que destaza,
a la menor provocación, la ley inexorable de Dios.