Mixtura de rosa y gris
es la linfa sutil de tu ausencia trocada en arena
con la misma monotonía ferviente
con que el panteón se abre para recibir toda humanidad.
Te admiro por tu instrucción de momia
y haber sido novia de la muerte
sosteniendo un chal de dulces mentiras
bordado con estrellas calcinadas.

Porque todo cariño es helado
cuando es de este mundo, tu vanidad
fue una pequeña embarcación naufragando
por un mismo paralítico atardecer,
consumiendo todo lo que habías creado adentro de ti.
La noche no tardó en establecerse:
única, sapiente, declarada. Mira
este foso de aguas intranquilas que revolviste,
y sonríe con una ternura estéril,
tan sólo por hacer que el mundo permanezca hermoso.

Porque, aunque no me lo dijeras, lo sé por ti:
la luz es la suprema labilidad.
Para medir la soledad basta un hombre;
para medir el dolor, una mujer.
Y, aunque quiera negar tu ceguera,
he de marchitarme de nuevo bajo tus libros:
hay necesidad de climas foscos.
Y mi verborrea no merecerá una sola de tus canas
porque el chacal robará la esfera de la esperanza una vez más.
Renunciaríamos a todo,
menos al vértigo de los tratados de la desolación;
a esta atadura del sinsentido
glorificando la barbarie de la existencia: miedo
sobre todo los ojos que vieron el sol.

Es ahora la eternidad en un estornudo
volando lejos por rencontrarte
en un espejismo de cartas amarillas y luces moribundas
donde beso tu mejilla arrugada como cartón
para declarar finalmente mi paz:
cielo alejado de los hombres que habrías sabido inventar.

Quise ser semejanza de tu verso,
con la firmeza del juramento en vano,
girando en aquella misma noria de los vencidos;
y con cefalea acaricié la tela de los sepelios.
Luego, instalé tu nombre en mi galería de hermosos ausentes.

Te reconozco todavía en el mismo mausoleo de yeso,
ya quebrantado por el martilleo de los años;
y me hinco para honrar tu tutelar imagen
con una sonrisa de bufón doliente
que entregaría su corazón mil veces apuñalado
por una sola de las hebras de tu fineza.
Y entonces cada lágrima es un diamante.

Rasgo mi sentimiento como una guitarra
y cantan la orfandad y el luto.
Dicen una nota de melancolía que espera agradarte.

El mundo sigue gozando del mismo martirio,
como en una liturgia inmemorial.
Pero tú ya no estás aquí para admirarlo.