Brillo azul,
almíbar secreto,
ansiedad que revela la saliva animal:
tu cuerpo a media luz sobre la cama.

Sé entonces que tus ojos son espejos del alba
y manojo de estrellas;
que tu mirada
es la garza evanescente de los cielos más despejados.
Pululan insectos de oro en tu rostro,
un fuego misterioso.
Tu boca es un racimo de moras salvajes.
Y hay siempre sal en la comisura de tus labios.

De tu hombro y espalda
bajan arroyos;
y tus montes son siempre verdes.
Tu pecho canta desde que es un arpa tensada por los dioses.
Es eléctrico: lo aprieto contra mí,
y sobrevivo.

Tu vientre es selva amorosa:
hay tucanes, arcoíris
y gemas al alcance de la mano.
Tus nalgas: tambores primitivos
que invitan a una danza arcaica y atroz.

Tu sexo tiene la fuerza del océano.
En el latido más eufórico de su carne,
navego como un niño asustado,
en una balsa frágil.

Si acaricio tus muslos,
hay un rehilete adentro.
En tus piernas se tiende un lujo,
que es la vida misma que anhela su muerte.

Y te lo digo de una vez:
tus pies me someten como un milagro.
Ante ti soy
el diminuto hombre más grande.

Brutalidad y ternura,
obsequio y abandono:
has venido a explicarme el mundo
a través de ti.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí