Eleazar M. Meletinksi estudió la poética del mito como expresión del folclor y la religión. Para él, la mitología recoge ya las semillas de la religión[1] y del arte mismo, principalmente del que se expresa en palabras, así como las más antiguas especulaciones filosóficas.[2] [3] Afirma que los grandes escritores de la historia han concebido a la mitología como expresión de principios psicológicos “eternos” o de persistentes modelos culturales.[4] Una de las características que observa este autor en el lenguaje del mito es que no atiende el principio lógico que evita la contradicción, por lo que sus objetos pueden ser al mismo tiempo dos cosas diferentes, por lo que las oposiciones entre unidad y multiplicidad, identidad y alteridad estaticidad y dinamicidad son ellos secundarias;[5] lo cual llega a ser muy importante para la crítica de los mitos insertos en la literatura, pues hace que ofrezcan una riqueza prácticamente inagotable de interpretaciones. Meletinksi señala que la mitología es un instrumento primitivo de conceptualización,[6] por lo que es el punto de partida para la filosofía y la literatura; la particularidad de este pensamiento deriva de que el hombre primordial no se separa aun del todo de la naturaleza y trasfiere sus propias cualidades a los objetos de ésta, dotándolos de vida, pasiones y rasgos humanos[7] cuyos elementos emocionales sustituyen las operaciones lógicas-científicas, determinando una participación místico-mágica del hombre.[8] Conviene observar que por ello el pensamiento mitológico se orienta en primer lugar hacia los problemas metafísicos como los misterios de la vida y la muerte, el destino, etc., resolviendo problemas cuya explicación puramente lógica no satisface ni aun a los hombres contemporáneos (de allí su vitalidad y su permanencia histórica).[9] De este modo, “la trasformación del caos en cosmos constituye el sentido esencial de la mitología, y en sí mismo, el cosmos tiene una dimensión axiológica y ética”.[10] En conclusión, “el mito refleja las formas reales de la vida y crea una especie de ‘realidad superior’ nueva y fantástica, que, paradójicamente, acogen los portadores de la tradición mitológica como una fuente originaria y prototipo ideal (esto es, como ‘arquetipo’, pero en un sentido más amplio que el de Jung) de esas formas mismas.”[11]

            En relación al mito en la literatura, para el autor está claro que el cuento nació del mito:[12] mucha de su fantasía y de su forma misma como género provienen del pensamiento mitológico, así como de las concepciones fetichistas, totémicas y animistas. En esta trasformación de mito a cuento se sucedieron algunos procesos:

la desritualización la secularización, el debilitamiento de la fe en la autenticidad de los ‘acontecimientos’ míticos, el surgimiento de una invención consciente de sí misma, la pérdida de rasgos etnográficos concretos, la sustitución de los héroes míticos por hombres comunes y del tiempo mítico por el tiempo, indeterminado, del cuento, el debilitamiento o la desaparición del aspecto etiológico, el traslado del centro de atención desde el destino colectivo a la suerte individual, y de los aspectos cósmicos a los sociales.[13]

La secularización debilita inevitablemente la fe en la verdad de lo narrado: la fe absoluta en el relato cede su lugar a una actitud más matizada que abre el camino a una invención más libre, aunque esta libertad esté marcada por las restricciones del género y del acervo semántico de la mitología correspondiente.[14]

            Las grandes novelas de la modernidad vienen a relaborar los viejos mitos fundacionales de occidente. Un proceso de mitologización de la novela europea que afecta a Hispanoamérica a mitad del siglo XX, en donde la influencia exterior se funde ampliamente con rasgos locales.[15] Esta yuxtaposición se trata de una situación histórico-cultural peculiar, uno de cuyos rasgos poéticos importantes es la combinación de sistemas mitológicos diferentes, lo que acentúa su significado metamitológico.[16]

Observemos asimismo que la poética de la mitologización no se limita a organizar la narración, sino que constituye también un instrumento para la descripción metafórica de la sociedad contemporánea (la alienación, la trágica soledad, el sentimiento de inferioridad y de impotencia del individuo ante las fuerzas sociales mistificadoras, etc.) con la ayuda de paralelos tomados de mitos tradicionales o de diferentes fases del desarrollo histórico. Por esta razón, los mitos tradicionales a menudo se emplean en su sentido distinto al originario.[17]

Acerca de la relación entre la fantasía mitológica y fantasía artística, el autor concluye que en general existe un sentido amplio de afinidad sustancial entre ambas, mismo que no debemos agotar en una compresión meramente científica y racional, ni tampoco reducirlos a expresión histórica concreta.[18]


[1] A este respecto, Ernst Cassirer escribe:

      En el desarrollo de la cultura no podemos fijar el punto donde cesa el mito y comienza la religión. En el curso de su historia la religión permanece indisolublemente conectada e impregnada con elementos míticos. Por otra parte, el mito, hasta en sus formas más crudas y rudimentarias, alberga motivos que, en cierto sentido, anticipan los ideales religiosos superiores de después. El mito es desde sus comienzos, religión potencial.

Cfr.: Cassirer, Ernest (1967): Antropología filosófica. FCE: México, p. 79

[2] Meletinski, Eleazar M. (2001): El mito. Literatura y folclore. Akal: Madrid, p.5

[3] Kirk matiza esta idea afirmando que en gran parte de los materiales míticos resuenan los ecos de una especulación seria, o al menos son el reflejo de una preocupación legítima; en este sentido, los mitos referirían a asuntos que suponen confusión o interés para una mentalidad primordial. Cfr.: Kirk, G. S (1985): El mito. Paidós: Barcelona, p. 293

[4] Ídem

[5] Ibídem, p. 40

[6] Ibídem, p. 155

[7] Ibídem, p. 158

[8] Ibídem, p. 161

[9] Ibídem, pp. 161 y 162

[10] Ibídem, p. 162

[11] Ibídem, p. 163

[12] Ibídem, p. 247

[13] Ibídem, p. 248

[14] Ibídem, p. 249

[15] Ibídem, p. 343

[16] Ibídem, p. 349

[17] Ídem

[18] Ibídem, p. 350

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