A veces, cuando la mocedad va encontrando su propio mote,
hay un arrebato nuevo moviendo un pecho febril
que golpea contra todo,
que retumba como un tambor de soldados de juguete
frente a una infancia que se alarga en la añoranza.

Hay, también, una constelación de himnos que nos llama
donde hay otros iguales a uno
que vienen y van con manos estrechadas.
Y en ese sueño el sentir va reconociendo su sustancia,
jugando con su propia virilidad,
contemplando su belleza espejeado en aquel
que baña sus pies en espumas de salivas y sílabas
o se yergue en un duelo de envergaduras.

Pero, si observas con atención, te darás cuenta:
es, al parecer, un juego holográfico sobre una pantalla negra,
donde un grupo de muchachos juega a pelear sin camisa
en las calles de un barrio de hermanos.

Te darás cuenta…

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