9. El cordón umbilical de un gangoso ¿no es acaso propicio para ahorcar nuestras horas colmadas de gangrena? Ya la familia que peleaba por migajas inmundas está vendiendo sus tacones de aguja en el bazar del último día de la felicidad: ¿Para qué? ¿Dónde habremos de encontrar nuestros huesos después del aborto de tantos siglos? Mis testículos se hinchan porque ya no hay vida. La guerra rompe el cráneo de los esclavos y provoca una lluvia de picahielos, a veces, sólo a veces. Mi sueño se cierra como una flor triste si la silla de ruedas no se revela contra su dueño cuando la fornicación del perro obsesiona al mundo con razón. Un pene gigantísimo cae aplastando la aldea de los humillados. La lepra cabalga hacía la madrugada del hombre.

Espero que a donde vaya no haya comodidad.

10. Pero hablemos de la malaria, de unos brazos quebrados, de ese hielo negro parecido a quienes no saben tronchar su propio clítoris en aras de la tradición arcaica. Yo mato. Yo escupo. Yo me suicido. Amo la palabra genital, su consistencia gelatinosa donde, de pronto, encontramos pelos huérfanos a la deriva. Lame mis pies vueltos hacia nunca, inútiles como crucifijos, colgados en la horca del tedio y del asco, en la enramada del sexo infeccioso. Lo sé: soy peligroso. Haz como que no sabías que el alcohol ama nuestra fecunda hilaridad. Y que en momentos como éste necesitamos una pistola para sentirnos hermosos.

11. Pon siempre la otra mejilla a la carencia, al delirio. Condilomas suaves como la nieve, niños fecales, ancianos con aparatos de ortodoncia y algunos parricidas deberían ser orillados, a punta de electrodos, a venerar un par de glúteos incendiándose en una carretera llena de plañideras farsantes. Hay caminos, vicios que oponer a la dicha. Hay malestar cuando la ilusión se amputa las manos y el agua se vuelve lagañas y materia de escarnio por la que competimos como bestias acéfalas.

12. En horizontes deformes y ciegos, abuelas cantarán la absoluta tiranía del macho, su gran oportunidad de ser quemadas vivas, el veredicto que nos condena a prestar oídos al ruido de un motor. Mata. Acribilla la ronda sin razón de las margaritas; que mi libro no es más que circo de pulgas, testimonio de una nueva religión que no quiere ser más que un saco de escoria, un plato de excrecencias, una taza quebrada en la fiesta de las depilaciones.

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