Les presentamos esta reseña del siguiente libro que será presentado por el colectivo Abigarrados en el mes de marzo. Estén pendientes.

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Crónicas surianas es un libro de textos que transparentan el gusto por el lenguaje, así como la experiencia en el oficio de periodista, llevados con espíritu crítico, atención a los detalles y un mirada comprensiva para situar los acontecimientos y las acciones en el orden más amplio de lo que conocemos por Historia.

            El autor, también poeta, ofrece textos que constantemente cruzan las fronteras entre la crónicas, el relato, la nota, el reportaje, la anécdota, en un libro heteroclítico, en el que se cruzan de igual modo los registros entre la prosa, la narración, el ensayo, la poesía, el homenaje, la confesión, el cuento y otras modalidades discursivas, articulando una visión muy literaria e incluso artística del quehacer periodístico. Los afectos y las impresiones del pensamiento y de los sentidos, se vuelven en estas páginas hilos que van trenzando y reconstruyendo la memoria, ya se trate de sucesos políticos, chismes de la farándula, acontecimientos sociales únicos y singulares, estampas, cronologías, dramas personales de personajes urbanos (como payasos, indigentes, borrachos, artistas callejeros, locos) y rurales que por su personalidad o trayecto existencial encarnan símbolos vivos, así como una muy larga y muy variada cantidad de tópicos, temas y acercamientos.  El autor, con ojo afilado y una intuición igualmente aguda, de la que se vale para retratar las atmósferas, los paisajes, los ambientes, los escenarios y los decorados, nos sitúa en los hechos relatados como otros espectadores, atento siempre a los planos antropológicos, sociales y culturales en los que las historias encuentran un sentido de interés universal, y los convierte en documentos epocales que confirman nuevamente que, tras los sucesos, “al final queda la memoria”. Algunas de estas crónicas están igualmente referidas a los hitos, símbolos o marcos de referencia que dan identidad a una comunidad o geografía o especifican los problemas de los que la gente se duele cotidianamente. Sólo por citar al alzar un puñado de los objetos de estas crónicas, entre muchísimos, mencionaremos: baches, faltas de servicios, la burocracia despótica y kafkiana, líderes sociales, marchas, criminales, grupos musicales, artesanías, danzas, edificios, cantinas, etc., etc., etc…

            Es destacable la habilidad de escritor para, por medio de diversos mecanismos textuales (puntos de vista, finales elocuentes y sugestivos, citas textuales, diálogos, focalizaciones, etc.) dotar al texto de flexibilidad y dinamismo. Muchas veces el autor no necesita usar adjetivos o sentencias morales para lograr que el relato denuncie por sí mismo hechos atroces, la opresión, la violencia, la ineptitud política o la corrupción que carcomen la sociedad mexicana de estos tiempos. De igual modo, al narrar la vicisitud, la penuria o la enfermedad, el autor despliega un gran sentido de la alteridad: “‘El doctor soy yo, no usted’, me dijo regañándome, pero yo le contesté, sí doctor pero el que aguanta el dolor soy yo no usté”.) De particular belleza son esos pasajes en su escritura que dan testimonio de las cotidianas ceremonias del vivir. Así, encontramos líneas de una plasticidad o un lirismo sorprendentes: “cuando el silencio más absoluto es un enorme animal que repta en medio de la calle”, “Hay, en todas las esquinas del mundo, ese instante en que la luz va revelando objetos amados que alguna vez ocuparon sitios íntimos: excusados rotos, sillones desvencijados, colchones inservibles, zapatos enfermos ya de neumonía”. Pero así como se narran los sucesos dramáticos, también encontramos crónicas que apuntan al valor de los lazos familiares, amistosos y amorosos que en última instancia dan sentido a la vida en sociedad. Como en el caso de “Iván el rapero” o “Mateo, el niño más valiente del mundo”, sobre un niño que lucha de modo titánico contra el cáncer.

            Es necesario decir que la mayoría de las crónicas están referidas al estado de Morelos, y principalmente a la ciudad de Cuernavaca; pero, a partir de estos centros, se despliegan hacia todas direcciones del país. En este sentido, es importante señalar que el título del libro viene de una antigua e icónica cantina localizada en Cuernavaca conocida como “La Suriana”. De tal modo, comprendemos que, a pesar de su concisión y trabajada estructura, las crónicas puedan llegar a dar la impresión de ser relatadas como una conversación, siempre inteligente. Una conversación entre el periodista y el mundo que lo asombra, reta y a la vez somete a la palabra, y para el que trabaja.

Por otra parte, un sutil humor o ironía pueden complejizar a ciertos textos, dotándolos de dotes expresivas para caracterizar lo chocarrero que pueden ser ciertos acontecimientos, apuntando hacia un sentido de lo absurdo que pueden ser la política y el entramado de la sociedad. Llaman también mucho la atención otros relatos que, aprovechando el tono y formas de la crónica, narran fábulas de ficción, y nos sorprenden por su poética que en último caso es un recordatorio de que la realidad y la fantasía se confunden con frecuencia, y que la memoria humana recurre también a mecanismos poéticos y produce metáforas y alegorías. Estos juegos delatan a un escritor colmilludo que conoce el valor de la hibridez en lo literario que difumina las fronteras entre las múltiples realidades de las que consta la realidad, así como de la crítica a las fronteras entre los géneros.  

            Finalmente, la vasta producción textual en la que se insertan estas crónicas, incluyendo otros diez libros en diferentes géneros del autor, dan cuenta de que Cerdio es un hombre para el que la escritura es una necesidad, un hombre que, en su oficio de periodista, ejercita y modula su talento como escritor, pero, sobre todo, de lector del mundo y su(s) múltiples realidad(es).