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Amuleto para la muerte

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A Olga Orozco

Si la vida no fuera otro misterio
cortándose las venas en una celda delirante,
felonía rapaz, mortandad en el frío,
no podríamos ser nuevamente dos en el miasma
atestiguando la implacable desdicha del animal errante.
Dos hijos de la mano izquierda y la sombra de Dios.

Te nombra entonces mi soledad
en el polvo de aquellas invasiones,
sobre el caldo pestilente que derramaste
en cada pliegue de mi herida profunda,
a cada paso errado por este mundo de quebranto y duda.

Hierves ahora tu corazón en lava, lo sé, lo aguijoneas,
mientras la oscura marea te reclama sin dificultad.
Pero, ¿por qué habrías de ser otra vez
como una rata cruel carcomiendo el cartón de su silueta,
las falanges inútiles de un sueño?
¿Por qué habrías de borrar el sol por costumbre
y dejar que la noche engulla otra vez al universo?
Dentro de tu muerte está la hoz del olvido;
abstente entonces de maleficios, hasta la última glaciación.

Lejanías te engullen, mientras un ojo insomne
flota sobre el limbo vigilándolo,
alud de estruendos o fosa de donde extraes el fin del mundo
para que podamos sufrirlo para siempre.
Nada basta a tu sed maldita: tu corazón no tiene fondo.
Aun en la muerte eres una escalera trágica
que sólo llega a la momificación,
catacumba donde el techo cae a pedazos
y mata la anestesia de la falsa palabra de amor.

Carne para ser traspasada por dagas eres y serás.
Y aún no pierdes la oportunidad de matar
a tu amante en un lecho de clavos.
Nos convocas a descender las tinieblas
llevando la enorme pequeñez del nombre sobre la espalda
como una culpa que no podemos compartir.
¿Es necesaria tanta maldad,
tanta ferocidad escrita con alfiler en nuestra carne?
(El mal era una de tus palabras favoritas,
aunque pocas veces la usaras: comodín de sombras
y espejo indecible de la mitad del universo.)

Mas algo en este mundo aún desea la miseria de la luz,
la escasa dicha del vino de la sangre compartida,
habitar ese musgo del cielo imposible que tú delataste.
Escucha, pues, a los perros de mi infortunio
y déjame vivir un poco más…

Para escribirte. Comadrona que sacrifica al nacido,
hermanastra de ritos y sacrilegios.
(La escritura es en ambos puerta condenada,
un rasguño en la tela del hombre
para exhibir la caída incesante del corazón:
la tarde que vuelve para decapitar infancias malogradas,
la visita del íncubo, más la agonía del lenguaje.)

Te venero y te maldigo, entonces, por ser como yo,
un puñado de semillas amargas cayendo sobre las fechas,
caries sobre las muelas que aún habrán de triturarnos.