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El ángel rebelde

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A Isidore Ducasse, el falso Conde de Lautréamont

Ninguna mano acaricia tu osamenta ahora
en la impiedad de los estantes
y mi locura cae de vuelta en las trampas de otros hombres
que no te aman como a su propio infierno.

Porque no podía regresar a la infancia por pervertirla,
ni obligar a los perros a comerse a sus dueños,
a ti dediqué mi rabia adolescente,
deseando que fueras tú el truhan que me enseñara
en los libros la ciencia exacta de la lujuria
y la deformación del espíritu.
Soy quien buscó seguir tus pasos
en la nieve hacia el despeñadero;
más tuyo que la leyenda enigmática de tu muerte
que regresa del pasado por mortificarnos.

Quise, en ese nudo ciego inextricable de los años,
aprender tu legado de exceso y escarnio,
tu ruta suicida y frenética;
y me dolía rechazar la luz de tus ojos
que decían no a La Creación,
el brillo maldito de tus cabellos cayendo
sobre mi pecho que tenía la redondez de una copa
y la melancolía de todos los paraísos clausurados.

Has ardido ya en tu propio sol
que en verdad era una colmena de abejas voraces;
pero en la distancia de mi sueño aún resplandeces,
ascua indefinible para abrazarse con un grito pudoroso
o beberse con el veneno de la tarde:
germen de toda escatología verdadera.

Claro. Eras un meteoro en plena caída,
ángel rubio rebelado con justa razón,
belleza inagotable de una pira
que ilumina la fornicación de las bestias:
misterio que llega una sola vez a la tierra
para fundar una religión de iniciados.

Pero ahora estás mil veces podrido,
ido a tumbas ávidas de ser profanadas
y tu vientre es un hueco lleno de polvo.
Y por eso lloro y me deshago
como el granizo a la intemperie;
y la lámpara de mis actos prohibidos se consuma
sin alcanzar la última página de tus destrucciones.

No merecí albergar tus gusanos en mis manos,
ni tus ojos molidos. No pude ser tu espejo trucado
y hoy me alargan la ineptitud y el duelo.
Soy otro más recorriendo los laberintos de tu orden inverso,
decapitando su propia paz,
vuelto miserable estatua de nada,
alegoría de una necrofilia sin placer.
Reíste en mi cara y la sobajaste,
pasando sin mirar, a la vez niño y monstruo malévolo.

La sobredosis precisa, ideal para tus venas,
hubiese sido la de una jeringa llenada con pus.
Pero no hay forma de que puedas volver a morir
para morir junto a mí,
que te distingo entre todas las creaciones del Diablo.

Solo podría respirar los gases malsanos de tu tumba
para así recibirte en mi interior, siempre tuyo.