Imagino en tu pecho un maizal
en donde el sol sonríe porque acaba de despertar:
un sol niño con los cabellos despeinados.
Alrededor, en el músculo rosado:
un pueblo pisa descalzo la tierra.
Sobre cada cabeza una nube
cuya caricia algo tiene algo de fiesta.
Palmeras mueven su cintura como mujeres
y los pastizales altos desearían arder
y elevarse como incienso.
El horizonte tiene, como en la infancia, un arcoíris:
las monedas doradas del sueño.

La frente se purifica por el sudor.
Es un orbe ancho como posible, donde los días
dejan su marca que no siempre es de esclavitud.

Y la distancia no es límite
si el cariño ilumina como hoguera.
Y cada palabra de un muchacho
es una finísima gota de miel resbalando de lo eterno.

Tu sonrisa, aquí, se detiene
en un remanso
para que alguien pueda beber un trago.
Y al apurarlo bebe también lo mejor de sí mismo.

Es un contacto simple, pero intenso.
Parecido al del niño dormido
que aprieta entre sus piernas una almohada.

Un viento caluroso de poesía.