Abrázame con tu cuerpo de mármol, con esos brazos tan fuertes que van ensanchándose en el tiempo como pilares que sostuvieran la humanidad, su hombría. Tu cuerpo es hoy refugio para mi soledad; quiero estar allí, entre tus brazos, protegido del mundo, sintiéndome a salvo de todo, de mí mismo.

Escucharía, con el oído pegado a tu pecho, tu corazón de bestia bombeando esa sangre tan caliente, fuerza líquida donde hace ebullición el deseo de vivir y ser mejor. Y escuchando tu corazón me arrullaría, y ya no sería necesario más llorar porque te tendría cerca, tan cerca que tus brazos no me dejarían escapar.

Y no importa que el aire escasee en tu abrazo: me bastaría con tu olor penetrando muy dentro de mí, aliviándome el espanto, sosegándome los nervios. Si me desmayo de asfixia, preferiría morir entonces, que despertar y saber que ya no estoy adherido a ti, a donde realmente pertenezco.

Abrázame, acurruca mi cabeza adolorida, recuérdame que la felicidad dura sólo instantes, instantes nada más. Y apriétame fuerte. Quiero ser, para ti, un objeto que deformas por medir tu poder.

Como un niño que acaba de salir de una pesadilla, y corre hacía su padre o a su hermano mayor: así me siento. ¿Es necesario decir que te amo como nunca me amé a mí mismo?

No, ya no cabe esta emoción en mí. Abrázame, Víctor… ¡Abrázame por favor!