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A dos años del terremoto del 19 de septiembre de 2017, las heridas van sanando…

La historia del 19 de septiembre de 2017 está fresca en la memoria de México, por lo que estaría de más perder el tiempo en una introducción narrativa de todo aquello que a muchos nos tocó vivir en lugares como la Ciudad de México, Guerrero, Oaxaca, Morelos o Puebla. Por ello tal vez escriba dando cosas por hecho y como si todos estuviéramos viendo y sintiendo las mismas cosas.

Ahora, a dos años, por primera vez siento ganas de escribir respecto a este tema (el año pasado lo intenté y cuando empezaron a llegar los recuerdos preferí dejar el texto a la mitad). No hay mucho qué decir, otros tendrán más historias y más memorables de las que yo pueda contar, pero quería escribir esto como agradecimiento a todas las personas que me brindaron personalmente su ayuda, desde la más obvia proveniente de la familia cercana como mi esposa y mis cuñados, hasta aquellos amigos que, en algunos casos sin vernos durante años, no dudaron en llamar para ver en qué apoyaban…

Insolente Revista - Sismo en Jojutla Morelos

Llegué a Jojutla Morelos el 21 de septiembre, gracias al apoyo de mi amigo Iván y de su hermana Rox, quienes me llevaron personalmente hasta allá. La carretera estaba completamente a oscuras en el último tramo porque no había luz eléctrica. Al llegar nos encontramos con colonias enteras destruidas, pero también con la buena fortuna de que la casa de mis padres tenía sólo daños parciales, a pesar de que apenas unas casas más allá la catástrofe había sido total.

En aquellos días se hizo famosa la fotografía del soldado llorando al no poder rescatar con vida a una mujer y a su bebé. Eso fue a solo una cuadra de la casa de mis padres, y como esa hubo muchas otras historias que no llegaron a las masas.

Sin embargo, entre toda la tragedia también había un excelente ambiente de solidaridad y hasta de humor. La gente estaba todo el día en la calle. Junto con mi mamá y mi papá caminábamos por horas desde muy temprano. Teníamos que cruzar muchas calles y atravesar un puente que estaba derrumbándose lentamente sobre un río tan sólo para ir al baño a una Cruz Roja, por ejemplo.

Insolente Revista - Sismo en Jojutla Morelos

Y caminando por la calle te topabas con mil desconocidos que te sonreían, te decían ¡ánimo! Y te ofrecían algo de comer o una botella de agua.

La prima noche que pasé en Jojutla con mis papás teníamos casi 48 horas sin dormir, pero aún así nos dieron las cinco de la mañana hablando de lo que habíamos vivido desde el terremoto, durmiendo en el suelo de la sala apenas a unos centímetros de la puerta que da a la calle por si volvía a temblar y había que salir rápidamente (todavía no habíamos recibido una valoración profesional de los daños).

A pesar del poco sueño y de las caminatas interminables, no recuerdo haberme sentido cansado sino hasta casi dos meses después cuando subí a un autobús para regresar a la Ciudad de México. Fue justo cuando estuve abordo en mi asiento que por primera vez me sentí infinitamente cansado, y fue la primera vez también que lloré.

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De aquellos días me acuerdo más de las cosas agradables, como cuando mi amigo Oscar me llamó para decirme que estaba a medio camino y necesitaba la dirección de mis padres porque venía con una camioneta repleta de víveres, de los niños que nos rodearon gritando “¡Chocomilk!” cuando nos vieron entrar a mis amigos y a mí cargando provisiones a un refugio de gente que había perdido su casa, el señor que nos regaló unos limones como agradecimiento por lo que le llevamos, el señor desconocido que en la calle me habló sólo para contarme que había encontrado a su Pastor Alemán después de días buscándolo, entre muchas otras cosas.

Han pasado dos años y por primera vez veo que ya hay memes, poco a poco el 19S es conquistado por la inevitable cultura mexicana de la ironía. Creo que está bien, porque de alguna forma significa que las heridas están sanando satisfactoriamente.