Te veo ahora en esa cuna donde
el rayo de Zeus golpeó el barro que forjó tu rostro, y así
tu pavorosa belleza anómala, del mancebo de luces
sombrías que serías. Obra de la tierra
todavía divina, en ese tiempo bruñido de acasos ya inaccesible.
(Todo eso es imaginación redonda, mas realística; que intuyo bien
como el niño sus lágrimas.)

Pero sí. Tiernas hierbas todavía desconocidas
de aromas dulcísimos, estrelladas flores de matices versátiles
y enredaderas de un apego inofensivo  
debían coronar ya tu frente.
No el laurel de atletas, ni las hojas cárnicas y lujuriosas
de los sátiros: una especie bisoña, recién rubricada por las selvas,
que te señalara impar entre los nacidos,
te delatara amado del mundo –mecido en el centro de sus manos–
si no lo haría de mí.