Dentro de los escritores recientes de la historia de México, pocos han tenido la popularidad que tiene hoy Carlos Monsiváis (1938), quien fue principalmente un crítico de la cultura mexicana en todas sus formas. Era, en su ensayos y en su labor periodística, capaz de pasar del discurso sobre temas políticos, antropológicos y sociales a la estampa literaria de algún baile popular o, sin el menor bochorno, a la disertación sobre personajes del folclor o los medios masivos mexicanos (Gloria Trevi, Raúl Velasco, Juan Gabriel, etc.), siguiendo una tradición de reflexión sobre la cultura mexicana cuya anterior figura capital sería Octavio Paz.

Este hombre de letras, dueño de una avidez intelectual descomunal lo mismo acompañó en sus luchas de reivindicación a los obreros, los estudiantes y las minorías sexuales, que participaba en congresos junto a los pensadores más reconocidos de su entorno. Se podrá decir que fue el cronista por excelencia de la vida en la capital de México y estas suelen ser denuncias de la mala administración del gobierno y la justicia en México, de lo absurdo que puede ser la retórica de los grupos políticos y de la violencia y opresión generalizada que se respira en la gran capital.

Su ojo crítico se empleó siempre en cualquier tema que tuviera connotaciones nacionales y así no fue ajeno a los grandes eventos deportivos, las marchas y conciertos multitudinarios, las obras plásticas y las exposiciones de arte, los escándalos públicos, las obras literarias, los símbolos de la identidad nacional, la trasculturalización y las modas juveniles, los discursos oficiales, las fechas importantes de la colectividad, en fin: los eventos, las instituciones y los personajes que forjaron la historia de México de las últimas décadas.

En este sentido, no fue sólo uno de los hombres más informados de su tiempo con respecto al acontecer del país, sino también ayudó a construir la historia desde la infinidad de  medios de comunicación a los que tuvo acceso: principalmente radio, diarios y publicaciones periódicas de contenido cultural. La sátira y su sentido de humor ácido fueron su manera de crear conciencia.

Sus textos han sido reunidos en varios volúmenes, entre los que podemos nombrar Principados y potestades (1969), Días de guardar (1970), Amor perdido (1976), Escenas de pudor y liviandad (1988).

Fue autor también de un libro de cuentos donde ironiza, a través de una narrativa valiente e incisiva, la vida religiosa de los mexicanos y su doble moral: Nuevo catecismo para indios remisos (1982).

El fallecimiento de este hombre en 2010 fue extraordinariamente sensible entre la comunidad de escritores y entre el pueblo que le profesó gran afecto. Su obra nos ha invitado siempre a reflexionar como mexicanos sobre nuestra relación con el presente y el futuro del que somos responsables, que deseamos crear desde nuestra cotidianidad.

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