Tus labios son tan finos que, parece,
podrían quebrarse al besarme.
Como de de niño son, si bien los miro enmarcados
en tan tremenda adultez, adiestrada por sí misma
en violar con la lengua florecillas púberes,
en beber su néctar escurridizo
para así emborracharse…

Y se me antoja lamer de ellos
todo lo que me sea ofrecido:
una saliva alcohólica, rastros de cocaína,
un terrón de azúcar extraviado como nosotros.
Que tus labios me devoren
sin que tu atención repare en ello,
tan naturalmente, como natural es el asesinato…

O mejor aún:
que me recorran a besos haciéndome reír
más allá de los límites de la locura.

De tus labios quiero mamar todo lo que necesitaré
antes de morir. Debido a ellos quiero morir.

Déjame en tus labios ensayar todo lo anormal
que la libido pueda imaginar.
Prémiame luego con un escupitajo.

Y, si quieres, hazme cachitos para que, asado,
tus labios me saboreen.
Y luego me desprecien.