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Cuando lo invisible se hace verbo

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No llegamos a temperaturas bajo cero en Alicante (España), pero el frío y el aire del mar llegan hasta los huesos, sobre todo para aquellos que tienen como hogar la calle, que están debajo de un puente, en un descampado frente a una multitud de casas o en pleno centro de la ciudad; a veces, a la vista de nadie pero que aparecen cuando es el reparto nocturno de alimento.

Saharianos, búlgaros, rumanos y españoles; jóvenes, adultos y ancianos; no sabes con quién te vas a encontrar cuando sales en caravana nocturna al reparto de alimento y –en caso de que haya– guantes, bufandas, gabardinas y zapatillas. Incluso “intercambio de verbo”, como dijo Juan, el señor de cabello largo que vive debajo del puente rojo.

Un lado de la moneda

“¿Para qué me amargo más?, mejor veo lo positivo que tengo. Esto, hombre, es de estar animándose mucho. Ir pa’rriba”, nos decía Juan con una gran sonrisa. Él es uno de los que más animados se ve a pesar del frío, la hora y la situación; pero también es el que menos se distingue a la distancia de los carros que transitan por ese puente. Con un café y un emparedado nos contó que la semana pasada se había ido de fiesta al centro, que había conocido a dos chicas, igual nos compartió los planes que tiene y lo entusiasmado que está por cumplirlos.
Compartía su alegría en una banqueta muy transitada.

Otro muy animado en la lista es Jorge, que se distinguía de los demás por “dar trueque” de alimentos y hablar demasiado. Entre las cosas que mencionó fue que lo que más le gustaba de México era “LuisMi” y su canción “Por debajo de la mesa” y su gusto por el emparedado de tortilla de patatas, aunque esos bocadillos son para personas del Magreb. Es importante saber de qué nacionalidad es cada uno porque las costumbres cambian. También nos contó de su amigo “el alemán” (aunque no está seguro que lo sea) que esa noche no había decidido salir de su casa de campaña debido a la temperatura. Algunos no salen por el frío o por las horas que eran, alrededor de las 23:30.

Una forma de sentir un poco de calor en la noche es ambientar una esquina con cartones y forrarlos de plástico, tal como lo hace María que habita en una calle estrecha que va al parque. Ella compartía espacio con dos chicos, uno de ellos había decidido regresar a su país, y el otro se llama Jaime que aunque no quiso salir a platicar, se asomó a pedir bollos y un café. Mientras platicábamos con María un grupo de marroquíes se acercó a pedir comida, eran jóvenes y entre ellos había un chico como de 10 años de edad que venía del brazo de otro más mayor, se veía que se acababan de despertar. Hay algunos que se prestan a hablar, otros que no, como el menor.

Las ubicaciones en Alicante son varias, algunos en callejones, otros alrededor de centros de ocio y otros en descampados -terrenos baldíos- de donde salió Cris, un joven del Sahara con 21 años. Él tiene dos nacionalidades y aunque originalmente estaba con una familia de acogida, ahora comparte el descampado con un grupo más grande de gente. Además del entusiasmo que reflejó por conseguir un trabajo en un centro comercial popular en España, obtener dinero para sacar el carnet de conducir y así poder hacer más cosas; nos contó del ciclista que acababa de irse definitivamente del terreno, nos dijo que aunque no sabía para dónde se había ido, resaltó que le gusta recorrer países con su bicicleta y quedarse a dormir en sitios así.

El otro lado de la moneda

Compartir el café o el caldo no siempre son buenas platicas, también está el otro lado, como es el caso de Arturo, un señor mayor que originalmente vivía en Madrid pero que ahora está por los alrededores del estadio. Su vestimenta era formal, él nos contó que le acaban de robar el cepillo de dientes y que se quedó en la calle por un mal movimiento. Ahora está solo, sin familia y amigos. Entre conversaciones pedía más café por lo caliente que estaba, mientras se arropaba con una bufanda que le acababan de dar. No todas las noches es posible calentarse las manos e intercambiar palabra.

De camino al centro pasamos por un albergue y nos topamos con un joven africano, de Gambia para ser exactos. Él estaba en una cabaña afuera del sitio, y es que no siempre se puede estar en un albergue: el cupo y el tiempo de estancia son limitados. “Estar ahí dentro es un privilegio” nos dijo, al momento en que una chica de nuestro grupo lo interrumpió, ya que lo había reconocido. Ella le dijo que ya lo había visto antes ayudando a las señoras a cargar las bolsas y a ordenar coches los días de mercadillo, es decir, como “viene viene” (como se conoce en México). Así es como se gana la vida.

No todo es para siempre

Entre personas que ya no estaban en su sitio habitual, están el inglés con un español deficiente, el búlgaro que no quiso salir de su casa de campaña por un dolor en los riñones, el que tenía la pierna torcida y que envió a su amigo por un café y bollo, de chocolate, si era posible.

Igual están los que se te quedan en mente toda la noche, como el niño de 10 años, el viejito madrileño, otro del este de Europa que se acercó un poco inquieto a la furgoneta pidiendo alimento, el grupo de marroquíes que para esconderse de los ladrones nocturnos ha adoptado un sitio oscuro alejado de casas, y las mujeres que piden cosas de higiene personal más que comida.

También están los que se regresan a su país, los que encuentran trabajo y se van a un piso; están los que se quedan por años sin poder “salir de la calle”, los que hacen del parque, un callejón o de una esquina su hogar. Recuerdo, también los que se resguardan en cajeros, como la pareja conformada por un español y un marroquí, que él al ver que no quedaban bollos de tortilla de patatas accedió a comer el de jamón.

Al final de la jornada escuchas muchas anécdotas, lecciones de supervivencia, historias que pintaban para bien pero que han culminado en una oscura esquina. Lo más importante es no perder la humanidad, una cualidad básica pero bastante escasa.

*Los nombres han sido cambiados.