Quisiera enumerarte, indolente belleza,
las cosas que al mirarte me obligan a arrancarme los cabellos,
entregado a un numen lumínico.

Cuando te abres paso impaciente entre multitudes,
es la sustancia de tu aura tan plena
que los recién nacidos mueren
debido a tan inusual radiación.

Tus ojos son dos insensibles diamantes negros
cuya única mirada vuelve niño al bravo
y al débil obliga a suicidarse.

Es tu olor amigo del éter divino,
anticipándose como paraíso prometido;
y su influjo es tal que la estepa erosionada
se renueva en vastos rosales
y límpidas charcas que presumen al lirio.

Pero es, a mi insignificante parecer,
tu altivez absoluta y dominante
lo mas devastadoramente hermoso de ti

pues ya volvió esclava a la honrosa casta de guerreros
y el sacerdote te hizo al fin entrega
del alto santuario de las deidades antiguas.