No por mucho madrugar nuestra muerte está más viva.
Cada pequeño tropiezo es una gran batalla
en la que sangramos para sentirnos a salvo, aliviados
de este descenso que hemos decidido aceptar por gloria.
Si me preguntas por dónde empezar,
te diré que es mejor ser una estatua engalanada de besos
y que tus manos me cubran la orfandad hasta reír.
Has nacido para sufrirme en silencio:
llevas el lenguaje del amor encerrado en el pecho.
¿Qué mana de tus ojos sino el rayo que me aniquila,
salvándome de la gracia del suicidio?
Pareces un vaso lleno a la mitad.
Tu hermosura es comparable a un amanecer en el infierno,
a una rosa de escarcha, a un paraíso de ruinas.
Tu mano me anticipa su lejanía,
pero mi corazón es ahora inhóspito como un continente de hielo.
Tu tacto es una sábana blanca
que me abriga la desnudez para llevarme al más allá.
Y odio. Odio querer esta fe de palomares sumisos.
Te amo. ¡Estoy enamorado de la muerte contigo!











