Del cuarto de cuerpos hacinados
y paredes carcomidas de pobreza,
a través de la ventana vencida lo miraba:
un tierno jovencito de corto pantalón y boina sesgada
que con la mejilla apoyada en el madero
–como allegándose a alguien que le faltaba–
tocaba su violín desafinado.
Estaba asustado y no comprendía las cosas,
pero nos ofrendaba, con inocencia,
una música que nos era hiriente y nos recordaba.
Mi corazón se estremecía en lágrimas
y volaba libre junto a ese lastimero quejido.
Los ancianos se miraban unos a otros
cuando la música se volvía, poco a poco,
menos terrible y alguno entonces acaso sonreía.
Yo lo miraba y lo amaba en silencio.
Amaba su valor, su posición erguida en el frío,
su nombre tibio que no conocía,
las melodías que improvisaba.
Y deseo –incapaz de seguirlo–
que su suerte haya sido mejor que la mía
después de que los hombres de uniforme
con largas metrallas y el terrible verde camión
lo arrebataran de la calle donde dormía
sobre papel periódico marcado con una cruz gamada.
Eran tiempos de penuria.
Las tiendas habían sido saqueadas,
madres e hijos comían nieve y tulipanes,
los hombres masticaban correas de zapatos.
Y, a pesar de la imparable nevisca,
las viviendas ardían incendiadas.











