En medio del paisaje en calma
su palabra es una flecha de fuego,
armonía que me atraviesa el corazón en espera
como el pico de un ave el centro florido de un higo.
Se anida en lo más íntimo de mi salvajismo,
me recorre como un temblor de tierra.

Los hilos de sus frases van tejiendo en el aire
red que me acorrala. Mi cuello es, por su labia,
un tallo dichoso ofrecido a su sed,
a la ansiedad de sus dientes y boca.
Y no sé resistir a sus cantos:
apenas ondea su bandera musical en el aire
y ya me tiene a su lado, besando sus costados.

Mi vida es pariente amoroso de su voz.
Nuestras frecuencias se reconocen,
corresponden. Unidos estamos
en la gracia de la concupiscencia oral,
danzando el pie en un huerto de manzanos,
en este asueto donde cohabitamos él y yo
sin culpa, desnudos y saciados,
pradera azul de la mano de Dios extendida.

¡Alegría! Tendré por una eternidad, sólo para mí,
la soltura de su lengua que blande el pecado ya redimido,
sus labios en donde nació el rojo absoluto,
revolcándoseme encima.