Eres un sol: mi sol.
Y tú y yo hacemos el orden.
Fuego exterior,
mi obediencia a ti
es ley que te engrandece y glorifica.
Porque tu brillo es de mañanas promisorias,
imantado estás de majestad, alabada
con el templado diapasón de una música celeste.

No te busqué:
extraviado, tu beldad dictó mi camino.
Así muchos otros se atraen y, humildes,
aquí estamos:
las risas diamantinas,
los meteoros de la idea,
dulce melancolía de cristales que se quiebran,
nubosidades si te alejas un poco
y polvo de muerte que no desecharías.

Pero sólo yo –esférico destino–
estoy así, tan cerca tuyo,
como en un regazo;
y en mi te reflejas
como un padre en su hijo.
(Y no hay mejor patrimonio.)

Tu reino se expande al soñar.
Y allá va, tras los ecos del nacimiento total,
los dones repartidos,
el sentimiento unívoco
que no eclipsa la hora más amarga.

Tú das a cada día su justicia.
Eres el centro conocido.

Toda una edad dorada tendré
tu pecho abriéndose,
las luces que de ti,
caudalosas, vienen y se quedan.

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