Recuerdo: estaba el jardín engalanado de grillos y estrellas
la noche que explotó en fuegos artificiales;
y el deseo era un trompo que giraba y giraba
en la entrepierna, más adentro de la carne;
la piel inauguraba los chispazos fugaces
que la conducen al extravío;
el aire era un cómplice en tu pelo.
–Nada importaba: sólo tú y el momento.– 

Todo me produce ahora lenta, espesa melancolía,
un añorar de la pubertad compartida.

El deseo es, ya, en este punto,
jugar contigo a la rayuela en aquel patio de la iniciación
con la consigna de ir perdiendo más y más pudor.
Que la llovizna lave para nosotros las tardes convexas,
olorosas a ladrillo y hierbabuena,
en las que resbalaremos vez tras vez
para aprender la sexualidad nuevamente,
hasta caer desmayados de fatiga
uno sobre el otro
ya sin miedo a nada.