La pubertad es un olor hipnótico;
un ensanchamiento de músculos flexibles
como juncos creciendo en la orilla más próxima,
donde dos cuerpos se estrechan en un abrazo;
un ansia latiendo con pulso acelerado
asistiendo al ámbito de todos los goces,
círculo que madura un fruto de embriagantes jugos.

Lo sé ahora, habitante de un campo de verano revestido,
sostenido en espejos de implacable hermosura,
lagos extáticos donde dices para siempre “siempre”.

Compañero que vienes diario a visitarme
y que sientes esta misma comunión con el universo que nos llama:
cubre aún más mi ombligo de salivas exactas,
aprieta mis manos como hiciste ayer con esa fruta
cuyo zumo exprimiste en nuestras bocas.

Hay algo que flota en el ambiente como invisibles campanas:
una melodía, un trino de pájaros y cristalinas aguas,
un ímpetu sonriente de muchachos que dejan de jugar
para mirarse en los ojos del otro
y atender la atracción de sí mismos.

Como plumaje de vuelo de garza,
como río musical fluyendo armoniosamente,
como cascada donde se desfragmenta la luz,
como el amanecer de un amanecer, como el rocío.

La pubertad es… en fin… ¡No sé qué es!