En la dorada fantasía de mis sueños,
soy la doncella rendida a tus imponentes ojos,
que venciste con el arma enhiesta de la pura sonrisa.
Joven más gallardo que leones,
conquistador de mis vírgenes campos
con sólo haberlos pisado.

Dichosamente varonil y sin macha en la honra,
tu arrojo busca en la aventura el merecimiento.
Y allá voy desde entonces, siguiéndote adonde sea,
fiel a la guía de tu mano,
a tus pies soberbios cuales templos inviolados.

Y te anudo por las noches a mi cintura
para mantenerte próximo a mis besos.
Y te cubren mis perfumados cabellos,
cual mágico ungüento,
cuando tu piel necesita cuidados.

Tu palabra, así la más pueril,
hace que mis prendas interiores caigan a tu frente.
Y así sólo es posible descubrir mi seno
para dártelo a morder
como manzanas sabrosas de mayo.

Blanca como paloma de lívido fuego,
te sirvo con devoción hasta la muerte.
Y soy el vino con que celebras cada triunfo
en toda lucha que invariable espera.

Porque reinas en mi celo íntimo
como radiante sol sobre un paisaje de cerezos.

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