Husmeando un basurero, con el hocico sucio,
hay un perro sin amigo, sin nombre y sin hogar.
Las costillas se pegan a su piel
luciendo igual que un clavicordio primitivo:
¡es casi un esqueleto andante!
Sus ojos enfermos supuran lagañas verdosas;
grandes garrapatas (lapas vampirícas,
botones de sangre henchidos)
le absorben los escasos nutrientes
adheridas al pellejo por la sarna herido.
Sus patas enlodadas por el errar
nos traen ideas de lo que vivir sin tener a donde llegar es.
Su cola, sus orejas mutiladas, nos revelan
que alguien, alguna vez, creyó poseerlo
y dispuso de él como de un juguete vivo.
Sus patas arqueadas tiemblan ahora en el frío
como lo harían dos carrizos en el légamo.
Quisiera recordar su tierna indigencia,
su infancia canina de la calle,
su desasosiego en los dominios del mal,
en este apretado y rojo cinturón de miseria.
Hoy anda por aquí, saluda con una mirada lastimosa,
quitado de toda la pena que es él mismo.
Pero tal vez el exterminador,
esta misma tarde, venga por él
a aplicar con electrodos en su cabeza
la nueva ley de “Cero tolerancia”.
¿A dónde van los perros de la calle cuando mueren?
¿Hay un cielo que los espera, abierto,
por todo el martirio que realizaron en vida?
Incapaz de llevarme su fotografía,
dibujo con letras esta calcomanía
adherida a este panfleto que el viento lleva
de esquina a esquina, de mano al suelo.
Estampa que, para cumplirse a sí misma,
sólo la voluntad de la lectura salvadora espera.











