Nos conocimos como se conoce al destino: inesperadamente. Dos chicos sin preocupación, buscando regodeo por las calles que apenas podían contener nuestra inquietud.

Te vi: cabello corto, músculos delgados, manos fuertes y una mirada que buscaba un otro en quien espejearse, un oído en el que sonar las palabras más urgentes: las de la noche, las del deseo. Yo no sé… Y sólo pude hablarte: —¿Estás solo? Miré tu rostro. Parecía resplandecer, como una señal que me invitara a descifrarla.

Y quise ser tu amigo, aunque fuera sólo por aquella noche; que bebiéramos de la misma botella; contarte confidencias; ensayar contigo mi modesta capacidad de imaginar la dicha. Te invité a mi casa –que siempre será la tuya–; y en el camino, por momentos, quise montar tu espalda, como en aquel juego de infancia.

Ya en el calor apacible de mi alcoba, gastamos en desenfreno la noche llena de músicas. Toda ella vibraba de percusiones invisibles. Yo no supe actuar entonces sino con gestos de ángel cariñoso. Me fue imposible no buscar tu perfume natural, alargar la hiedra de mi tacto hacia la columna de tu cuerpo, apegarme a ti como rémora a la embarcación.

No: no era mi plan. Pero la naturaleza me traicionó. Y al momento de la somnolencia, preferible fue tu pecho a la almohada más mullida, el ángulo de tu codo al rincón más cálido de la cama. Tus pezones morenos como azúcar quemada se erguían a la delectación de sentirme tan cerca, murmurando palabras de gozo. Como un gato te me iba restregando, y no tuve reparo entonces en lamerte.

Pronto mi boca se apresuró a buscar la tuya; y tu respuesta me dijo más que muchos libros. Me fue estrictamente necesario entonces que me penetraras, con tu carne, con tu aliento. Y así, no quise estar tranquilo sin tener de ti el semen espeso resbalando en mi garganta: dulce blancura, luz líquida.

Y por la mañana aún permanecí abrazado a ti como un avaro que hubiese encontrado un saco de oro. Pero tuve que despedirte con un ademán de camaradería. Y te vi partir en busca del autobús de mediodía.

Me dices desde lejos que volveremos a vernos, que pasaremos más momentos agradables bebiendo cerveza espumosa. ¿Pero… será entonces todo igual o mejor que en ese sueño despierto en el que encontré acaso la mitad de mi soledad en otro cuerpo? Yo no sé…