El girasol de tus ojos, tus cabellos mojados,
tu forma de decirme “te quiero”,
susurraran en mi oído melancolía agridulce de otoño.
Ay la timidez que no quiere escribir
de las horas desposadas con el vago temor de no volverte a ver.

Muñeco tangible para el goce, gemelo de mi anhelo,
la cercanía de dos manos saludándose
va adquiriendo en tu tibieza nuevas y más nobles dimensiones.

Eres el encuentro viril de tu realidad y mi ensueño.
Tienes la simpatía de una hoja de maple,
el aroma del trigo madurando en las praderas,
la apostura de un cervatillo. Y cada instante que vivo junto a ti
es la plenitud de un capullo abriéndose al mediodía,
de una abeja ebria de miel, de una carcajada.

Como aquella vez bajo las luces del puente
que bebíamos de la misma botella de cerveza
y tu entrepierna despertaba
a la honesta caricia de mi abrazo.

Las letras de tu nombre, en otro orden,
forman la palabra amor.