La voz de la sangre (1990)[1] es un libro de cuentos de Gabriela Rábago Palafox en el que el personaje del vampiro recibe tratamientos muy diversos. La autora experimenta con diversas configuraciones del mismo, así como con registros literarios diferentes entre sí. Se trata de un libro de cuentos principalmente de misterio y terror, en donde la figura del vampiro es tan destacada que sugiere ser la responsable del título del libro. En general los cuentos son de buena factura y, aunque un poco olvidado, el libro es, en mi opinión, una muestra destacable de la escritura fantástica en México de finales del siglo XX. En las próximas entregas, haremos una discusión de los cuentos del libro que tienen el tema vampírico, con el fin de visualizar cómo es descrito y representado el vampiro en él.

“El recetador”[2] trata sobre un médico que extenúa a sus clientes con sangrías que practica a sus supuestos pacientes con sanguijuelas. El médico extrae la sangre de estos incautos con el fin de vendérsela a un ilustre y anciano rey de setenta años, que luce menos edad (cincuenta años) debido al elixir que le brinda el recetador, manteniéndose, sano y “fuerte como una roca, impetuoso como una tormenta” y pudiendo aún comer a sus anchas, ejercer el derecho de pernada con sus doncellas y seguir engendrando hijos que luego desconoce. Al parecer no sólo el rey toma de ese elixir que resulta ser la sangre, sino su tesorero también; y ambos sienten finalmente la necesidad de acrecentar el volumen y la calidad de la misma, por lo que hacen que el médico procure más sanguijuelas del río y salga desde más temprano a la visita de sus inocentes clientes, incluyendo a niños, a quienes termina matando de desangramiento.        
En este caso el vampirismo es más bien metafórico y se sustenta en el uso figurativo del término vampiro como sinónimo de explotador; tema con tradición en la literatura, como ya vimos. A pesar de que el anciano rey bebe la sangre de las víctimas de su pueblo, no es un vampiro propiamente dicho. La sangre, de la que el rey se apropia por métodos deshonestos, figura en todo caso aquí también como símbolo de la juventud, la salud y la propia vida de aquellos de quienes se aprovecha y explota cruelmente. Es interesante notar en todo caso cómo la idea se inspira en una práctica que es parte de la historia de la medicina: en el siglo XI, la idea del valor curativo de la sangre y una interpretación errónea de esta llevó a ciertos médicos a prescribir la ingestión de sangre de jóvenes vírgenes para combatir todo tipo de enfermedades y retrasar el envejecimiento.[3]


[1] Rábago Palafox, Gabriela (1990): La voz de la sangre. Instituto Mexiquense de Cultura: Toluca

[2] Ibídem, p. 11-15

[3] Sánchez-Verdejo Pérez, F. J. (2011): Op. cit., p. 306