Las gotas salinas, de vida,
escurrían por tu cuerpo rocoso,
accidentado como planeta viejo,
duro como el diamante,
brillante como plata recién lavada.
Y allí estaba yo, del otro lado,
tras la reja.

Cubierto por el manto nocturno,
te contraías y volvías a abrir, ofreciendo tu pecho,
brindando tu imagen para ser adorada,
arrodillando a las galaxias que giraban a tu alrededor.
Y mis músculos se tensaban contigo
y las gotas escurrían también en mí.
–Yo te imitaba involuntariamente–.

Luego te fuiste
y contigo se fue el universo.

Yo permanecí aislado, marginal,
aferrándome a la reja,
para no caer.