¿Recuerdas los últimos instantes de lividez
que tras la hierba monstruosa se fugaban más y más;
el ocaso coagulado de sangres en que a igual tiempo nos miramos
para compartir un presentimiento, un tembloroso temor?
¡Cuántos días han caído desde aquella aventura
en que en la tierra buscamos una respuesta, una conciliación!
Tengo tan presente aquel primer desamparo compartido.
“¿Por qué el mundo es así?”, preguntamos.
Hace ya tanto que esa noche cayó, inevitable, cargada de escalofríos.
¡Y no había lugar para estar, para ir!

Tomé tu brazo. Fui el primero en flaquear.
Los pies se hundían buscando suelo firme. Se hundían.
Y teníamos sed y hambre y un ansia insobornable
de encontrar dirección en la oscuridad.
¿Recuerdas todavía el grito, el llanto contenido?
Dijimos: sea este extravío el pacto para no rechazarnos.
La tiniebla divide las alianzas, produce locura en el débil,
aturde la sangre con una ciega codicia de herir… ¡La noche cayó!
Fue hace tantas tormentas, tantas humedades infestadas de sapos.

No hubo alternativa; la noche cayó y nos encontró
apretados de cuerpo, en abrazo más que fraternal,
tan cerca, como crías de madriguera,
compartiendo nuestro asustado calor.
Tu aliento rozó mi cara; vimos las constelaciones
y creímos descubrir nuestro signo en ellas…

Aún hoy, invadido por la lenta marea del recuerdo,
me viene otra vez el ensueño de esa noche tan noche,
negra, inexorable, en que aúlla el lobo y expone los colmillos.

No encontramos más que un cielo electrizado
y animales de horrible desamparo;
pero esa noche mi pulso corrió a acurrucarse en ti
y supo así del término de su orfandad.
¿No es verdad que aún seguimos tan juntos?

Si bien, entonces al menos ahora sé
que la respuesta al mundo es el amor… El amor.