De que Kalimán fue alguna vez o es un hombre ilustrado y un pensador tengo en lo personal también varias constancias. Amaranta Caballero Prado, la escritora y artista plástica originaria de esta ciudad, una vez me contó que durante un tiempo Kalimán se dedicó a escribir en las paredes de la ciudad ciertos aforismos y versos con un sentido filosófico muy profundo. Ella también conoce bien los rumores del pasado de Kalimán como estudioso y condenó en esa conversación a la gente tonta, “atroz” (esa fue la palabra que usó), que lo molesta, como esos jovencitos imprudentes que aparecen en un video de Youtube acosando con mofas y una cámara de celular al hombre, quien termina gritando a uno de ellos: “¡Allí muérete cuando prefieras!” Por otro lado, una joven escritora local, Paloma Ahimé Ramírez, pensando en organizar conmigo un concurso literario en esta ciudad hace dos años, me propuso que Kalimán fuera el “mega” (así lo expresó) juez del evento (hubiera sido más que interesante este concurso de haberse llevado a cabo). Lo que quiero con esto es que éstas son pruebas de que por lo menos cierta parte de la comunidad literaria local lo conoce y reconoce por su pensamiento o talento.

Más. Desconozco la razón exacta de ello, pero en 2014, Pablo Paniagua, el novelista español radicado en esta ciudad, exclamó de él desde su cuenta de Facebook que era “el artista más grande de Guanajuato”. Por otro lado, la poeta celayense Montserrath Campos publicó en la antología Las avenidas del cielo (UAA/UG, 2018) el poema “El loco” dedicado “al loco Kalimán” en el cual se lee:

Te he visto cruzar las avenidas burlando las bicicletas
ahuyentar al peatón con tu sonrisa geométrica
con tu cuerpo de Hércules deshidratado (…)

Te he visto escribir bajo un farol encendido
Recoges servilletas, acumulas periódico,
hojas que alzan el vuelo como palomas de kiosko (…)

Te he seguido en tus rondas de bohemio
he visto salir el sol bajo tu pelo chapopote
Y en aquella noche de mayor inspiración
cuando ya no hubo más hojas que rayar, ni más brazos
te vi quitarte la camisa para escribir sobre tu abdomen



Del mismo modo lo menciona también la misma autora en su más reciente libro, Dos infancias, recién salido a la venta. Finalmente, David Araujo, artista gráfico y egresado de la carrera de Letras de la Universidad local, tuvo el proyecto de hacer un libro colectivo sobre Kalimán, con fotografías, testimonios y textos diversos, de donde surgió este texto que ahora estás leyendo. Y si bien, con el fin de nutrir este texto, pude pedir más detalles a dichos escritores con el fin de ahondar en su percepción de Kalimán o pedir nuevas opiniones sobre él a otros escritores de la ciudad, que sin duda saben algo de él, me parece que así hubiera traicionado el sentido original de este escrito. Así los antecedentes, la escritura personalísima de Kalimán ha hecho ironizar a algún usuario de internet afirmando que Kalimán es “el único hombre de letras de la ciudad”. Y hay quienes, desde otra perspectiva, incluso han fantaseado con que en su escritura jeroglífica subyacen fórmulas sobre la estructura universo que, como el genio que dicen que es, inscribe en la urgencia inmediata del cálculo, la inspiración o el trance.

Para concluir, contaré las tres experiencias que he tenido con él de manera directa. Dos de ellas son meras anécdotas con poca relevancia, pero las referiré de todas maneras. La tercera es, sin embargo, en mi opinión, asombrosa.

La primera sucedió cuando, sagaz por cierta ebriedad, me paré a un lado de él mientras elaboraba uno de sus manuscritos extraños. Le pregunté con respeto: “¿puedo observar?”; y él, quizá harto de muchos curiosos como yo, me respondió muy serio: “Aléjate, por favor.” A lo que no pude sino consentir. Era éste mi intento de entablar una conversación con él, con el fin de sondear acerca de su vida y mentalidad. Pero no tuve éxito. Tiempo después, un compañero, quien también trabaja en la producción de esta revista, y yo, nos propusimos entrevistarlo con el fin de publicar un artículo sobre él. Lo vimos un día sentado en la calle y mi compañero lo abordó; le propuso una plática amistosa a cambio de una buena comida, una caja de cigarros y no recuerdo qué otras cosas. Pero él respondió a todos los diálogos con un habla tremendamente desorganizada e ininteligible, una esquizofasia: de todo su discurso, ni mi compañero ni yo pudimos extraer una palabra reconocible, por lo que asumimos que nuestra intención estaba contundentemente fracasada.

Finalmente, la tercera experiencia con él de la que fui partícipe es –me gusta pensarlo así– tan fabulosa que acepta incluso una interpretación mística. Cierto día iba yo caminando por el centro de la ciudad con el pintor Nikolai Svieta, que por esos días estaba en la ciudad. Él es un artista declaradamente cristiano, y nos encontramos de pronto inmersos en una conversación de orden teológico. Poco antes de pasar junto a Kalimán, Svieta empezó a recitarme de memoria un fragmento del Nuevo Testamento en el que Jesús habla acerca su origen divino y del poder redentor de la fe en su Padre. No sabría decir qué fragmento es con exactitud, pues confieso que no conozco los evangelios con suficiencia. Pero el caso es que Jesús hablaba en él mediante alegorías y parábolas, y, por lo menos lo que escuchó Kalimán que me recitaba Svieta, parecía en mucho un poema, y no tenía referencia explícita al credo cristiano: era algo sobre el mar si mal no recuerdo. Bueno. Unos metros después de haber pasado a su lado, y con la palabra de Jesús aún en la boca de mi compañero, Kalimán se apresuró a ganarnos el paso, se paró frente a nosotros y con un severo aire retador dijo algo absolutamente incomprensible, una sarta de sonidos paralingüísticos rematados por la frase “la Palabra” como únicas palabras reales, claras y comprensibles. Justo al momento de decir “la Palabra” escupió un par de veces al suelo de manera más que grosera: de manera obscena y grotesca.

Fue muy evidente entonces que Kalimán al decir “la Palabra” se refería a la palabra de Dios o de Cristo, llamada así comúnmente por la tradición creyente. Era obvio también que Kalimán conocía esa palabra pues supo reconocer, si no de memoria el texto, sí el discurso religioso, el credo cristiano escondido bajo esas figuras retóricas. Y su acting out fue entoncesuna manifestación de repudio hacia esa palabra, hacia esa ideología o forma de religiosidad. A mí en lo personal, el acto sólo me produjo cierta fascinación, por los diferentes sentidos profundos que expresa, y por haberse dado de manera espontánea, súbita, inesperada y dramática. Mi interlocutor, creyente devoto de la realidad espiritual de Cristo y de Satán, el adversario de Dios, decidió interpretar ese signo como un rapto, una manifestación física del espíritu del Mal, y con ello me pretendió mostrar cómo Satán se manifiesta entre los hombres, poseyendo a la naturaleza.

Si bien ésta no es la única lectura posible del asunto (delirio religioso, dirían los psiquiatras), a mí me gustó pensarlo más como una manifestación humanísima, precisamente como una reafirmación del hombre que no necesita más demonología que su propia humanidad, ni constructos teológicos para explicarse el mundo que relegan la divinidad sólo a lo que está por encima del hombre, olvidando, por ignorancia o renunciación, la propia magia natural de éste. Es decir: sí, desde un satanismo, pero no religioso, sino meramente filosófico. Por otro lado, podría especular, también, mucho acerca del por qué Kalimán rechaza esa forma de religiosidad; a Dios o su mera idea, para ser precisos. Sin embargo, eso quizá sería caer ya en el ámbito de la ficcionalización literaria. Sólo diré que si Kalimán odia Dios, es quizá porque Él le dio la infelicidad con que anda casi siempre, malhumorado y despotricando contra todo…

Bien, he terminado aquí mi testimonio. Queda en otros, en los adiestrados, si les interesa, atender las implicaciones antropológicas, literarias, médicas, estéticas, que el caso Kalimán supone.

Agrego por último: si es que el lector no conoce a Kalimán y desea contemplarlo alguna vez –no como a un fenómeno de circo urbano; sino acaso como el patrimonio social que muchos ven en él– es seguro que lo encontrará en el lugar adonde todo aquel que desee encontrar a una persona en esta ciudad debe ir, pues la misma organización de la ciudad nos obliga a confluir inevitablemente en esos límites precisos. Hablo del centro de la ciudad… Quizá en el Jardín de la Unión,  en una de sus bancas, frente a un expendo de cigarros sueltos, muy probablemente –pero sólo si tiene suerte– lo encontrará.