La incorrecta pedicura,
el calzado inadecuado y otros factores
producen un molesto aplastamiento de la uña contra la carne.
Si bien, uña y carne y mugre se acompañan,
éstas deben vivir juntas, más no revueltas.
Que las uñas se entierren en la carne,
¡caray, que agonía tan tremenda!

Si esto sucede, primero, se inflama la chicha circundante,
se amorata como berenjena
y supura lentos humores: sangre y pus.

Después, es el impedimento de caminatas,
de calzar calcetines siquiera.
Y es salir a la calle en sandalias
y  ocultar por vergüenza el dedo en cuestión.
Y siempre tu dedo choca contra el más mínimo obstáculo,
y entonces gritas, como grita un quemado.

Finalmente, lo más terrible:
cuando te ha impedido el trabajo y el solaz
y acudes a un hospital público –por desgracia–
a que una enfermera inexperta
arranque de raíz tu cándida uña,
sin anestesia porque se ha agotado,
sin cuidado que implica tiempo que es dinero,
sin sensibilidad porque nadie es sensible ya
a excepción del que padece
de una uña encarnada.