Alas para la libertad es un poema en prosa del autor Ian García, artista del under que embelesa con su poesía los sitios que visita su alma.

En las calles hay diversos tipos de artistas. Poetas, músicos, actores. Esta fauna estética sale todos los días a buscarse el pan de cada día en los corazones ajenos, en aquellos que son capaces de conmoverse ante un verso o una nota musical, aquellos que se les enchina la piel ante una injusticia o se les incendia el pecho cuando tienen problemas.  Esta fauna estética habita las junglas de concreto, muchas venidos de los bosques  o de los mares, algunos con una intención fija, otros sólo arrastrados por las musas.

Él se describe de la siguiente manera:

Soy Ian García, pseudoartista posmoderno. Nací en el caótico y bello Distrito Federal en el 97. Tengo 20 años. Hijo de maestros, hermano del cine y primo de los vicios duros. Agnóstico, asiduo de la literatura y la filosofía. Estudié Ciencias de la Comunicación y aspiro a la cinematografía. La onda conmigo es que no hay onda. Busco las respuestas, como tú, y siempre me encuentro con más preguntas. No tengo certezas ni verdades, tampoco convicciones. Pero tengo un chingo de ganas de gritarle al mundo que necesitamos libertad y expresión. El pensamiento y el arte como representación máxima del alma. Necesitamos amor en una época del odio. En donde sólo nos dirige la avaricia, el egoísmo, y el poder. ¿Lo necesitamos?

Este es el poema de Ian García, poeta callejero y underground, que recorre la gran ciudad de México, llena de ecos surrealistas y huellas dispersas del futuro incierto. En este texto nos hace ver la dimensión onírica de los poetas, nos habla de unas alas, alas que  le ha dejado su padre y él las usa para encontrar su propio camino en la ciudad. Las alas de todo artista.

ALETEO

Ayer estrené las alas que me dejaste. Tuvieron que haber sido de una gran ave, majestuosa y fuerte, terca y grosera. Bella. Estuve volando todo el día mientras me aseaba en los charcos del pueblo. Las fuentes brillaban con el sol y centelleaban el reflejo. Los destellos de luz se metían por entre mis plumas y dibujaban en los muros de piedra redes de sombras gigantes, como celdas, como estrías. Estuve de fiesta todo el día. En la tarde, el ventarrón enjugó mis alas, me condujo con fuerza y fue tibio. Un ala, después la otra y un verde acompasado con jazz en el café. Saltaba de riachuelo en riachuelo, viendo el sauce del verde rudo, ¡vaya músicos locos! Saltaba cuidando las aceras y el agua, haciendo de guardia de tus secretos en las esquinas. También estuve hablando con nuestros amigos, ellos veían mis alas y no dejaban de preguntar por el origen: ¿dónde las habrás conseguido? ¿de dónde sacabas esa suerte de erudito? Siempre tenías que andar explorando la pradera en las afueras, estudiando el cielo y los vientos para que no me tomaran por sorpresa. Nunca fui tan estúpido. Luego fui al árbol nuestro, con nuestros libros de verano. Me apeé de mi vuelo y dejé que el calor de las ramas caldeara mi pecho. Me propuse a limpiar el nido, con el ímpetu y esmero que siempre procuraste. Cuidé cada detalle, pétalo tras pétalo compuse una cama para dormir. Me tiré y soñé que estaba acompañando un beso con una melodía y una espina atravesando mi corazón rojo… Ayer te extrañé, papá. Y me puse tus alas, para ver que tal volaban mis sueños, en tu piel.