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Fraternidad

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Rodeo con mi brazo tu espalda.
Y aunque no tenemos puesta la camisa
no sientes desagrado de mi piel que frota la tuya.
Hemos medido, más de una vez, nuestra espalda una con otra
por ver qué tanto hemos crecido. Así también,
comparamos las manos y los largos sudorosos pies.

Cuando tu sonrisa se me revela en medio de una broma
encuentro señales que no sé del todo comprender.
Me inquieta ese fenómeno religioso que es la alegría.
A veces pienso que, por un instante,
has sido poseído una potencia demoníaca.
Cuando te calzas las medias para ir a correr,
he llegado a querer hacerlo por ti,
como un favor absurdo que nunca me pedirías.

Tienes tus propios intereses extraños;
bostezas cuando se ha excitado mi ánimo.
No te comprendo, pero me gusta estar contigo;
me regocijo al verte hacer las cosas
que hacemos todos por rutina:
comer, ducharnos, lavarnos los dientes, fumar,
rascarnos las inglés reiteradamente.
Los mismos elementos que forman tu cuerpo, forman el mío.
Cuando salimos a orinar juntos al solar
encuentro que, a pesar del tamaño que alarga la diferencia,
somos arcilla de la misma imagen y semejanza.

Aquella vez que escribiste una obscenidad
guardé para mí el papel con esas letras que no eran inclinadas,
ni puntiagudas, sino torneadas, de una caligrafía que,
no se porqué, no podría decir tuya.
A veces, si la miro a solas, algo
como una activación, una descarga eléctrica ligera,
se manifiesta en mi cerebro.

Y cada que duermo a tu lado,
si descubro que tu masculinidad se ha erguido
y se mueve en sueños queriendo saltar, punzante,
con su cálida personalidad de animal independiente,
me pregunto si has sentido de mí
lo que yo siento de ti…