Falso déjà vu

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Yo escribía insomne en el cuaderno marchito
y el corazón caía como una piedra
en espiral hacia la nada.
Y el poema me llamaba desde la tumba,
enterrado vivo, pidiendo auxilio…

Otra vez amanecía sobre la ciudad;
pero yo sentía que en todo lo mío
–maldito ya– latía un deseo de desintegración,
de no ser más que sombra de las sombras.

Hicieron su alboroto inútil los pájaros en los techos
y yo no dejaba de rechazar lo escrito.
Llegó ese otro recuerdo gris de infancia
con su olor a naftalina y eucalipto para la tos;
y tembló mi mano, sin querer, por un momento.

Fue allí cuando pareció
que algo como seda se rasgaba en el cerebro
y que el tiempo se quebraba adentro del reloj.

Entonces se posó sobre mí la mosca panteonera…