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Escarcha de sueño

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A Xavier Villaurrutia


Tu rosa de tinieblas, allí donde el amor es ceniza,
late sigilosa en mi dolor ensimismado.
Perdido estoy por ti en la oquedad del sueño,
y tu música fantasmagórica resuena todavía
en las flautas de este mundo privado,
a cuyos pies me arrincona el miedo.

Tu nombre –sobra decirlo–
es el signo mágico que arde violentamente,
en cuyo teatro muero una y otra vez
por amor a los pecados, la grieta en la noche
por donde se cuela un misterio antiguo,
ráfaga que me llevaría a descansar a otra orilla mejor.

Nube ciega, túnel, estatua de hielo,
aspereza enferma, me corroe tu ternura.
Y tus olas de polvo hieren mi tacto.
Cada vez que sangro bajo la noche
es tu recuerdo el que me acurruca y besa.

En este día tan decrépito mi corazón te anhela
con pudoroso deseo de claudicar bajo el cielo constelado,
de llamar tras la pared hueca
a la esperanza loca que nos defraudó.
Te amo como el cuchillo ama la degollación.
Tan así soy por ti, tan sin piedad por lo tenido.
Y mi apego por ti es vasto,
como la soledad adentro de un pecho muerto.
Yo, cántaro roto, imaginándote vivo, creo escapar de la vida.

Y escalo más la nota final de la locura,
presuroso por encontrar tu aroma entre las sábanas.
¿Cómo besar, ahora mismo, tus labios,
tu delgadez que caía al mundo como un río de sombras,
tus manos en las que apenas cabía un pájaro
–uno sólo– que tiritaba de frío?

Sufro por no contener tu pereza
de este lado del témpano cruel que nos refleja a medias,
que ignora que lo que mataste en mí
revive en nuevas cadenas de necesidad.
Por eso, espérame, desde tu patria verdadera,
para precipitarnos juntos en otros abismos,
de cara al negro sol de la muerte.

Sería, alguna vez, capaz de huir hacia ti,
porque esta jaula es demasiado angosta
para edificar un nido donde vivir la parálisis.
Y muero bajo mi nombre cuando tus ojos,
desde la vieja fotografía, taladran las cortinas de la noche
para mostrarme esa cálida alcoba
donde me espera el más fino delirio,
por cuyo océano naufrago
en un amor egoísta y febril.

Hay que esperar. Porque todo amor es espera.
Y si el invierno no nos pertenece más,
nada volverá a condenarnos.
Toco tus palabras tatuadas en mis huesos
y detengo mi vida que tiembla como una lágrima.

Quiero olvidar lo sufrido. La vida.
Escúchame ahora desde tu gruta de luz tenebrosa
y conoce mi olvidado granizo, el miedo,
los ángulos que caen del techo para herirme.

Dame tu página perfecta,
para recogerla con la boca de estos fangos.